¡Háganlo libro! – Celdas contiguas, de Manuel Depetris y Berliac

El género epistolar (la novela epistolar o la escritura de cartas) parece haber perdido hace algunos años “su encanto y su secreto”, pero desde Platón (la “Carta VII” como forma platónica de la carta autobiográfica) y Ovidio (las verdaderamente tristes Tristia o las femeninas Heroidas) hasta Mary Shelley (Frankenstein), pasando más recientemente por Ernesto Sábato (El túnel, con una interesante reflexión sobre el género), Ricardo Piglia (Respiración artificial) o Amélie Nothomb (Une forme de vie), esa forma de la literatura ha encontrado siempre a alguien que pueda explorar y explotar su riqueza inagotable. Toda obra de arte puede pensarse, según se escucha por ahí, como una carta del autor al receptor (espectador, lector), pero es sobre todo en el movimiento íntimo de una escritura (en el sentido amplio de la palabra) pensada para ese otro puntual (el destinatario) donde se juegan toda la seducción y todo el poder del género epistolar. Basada en una idea o, mejor dicho, en una práctica de Aidan Koch y Jaako Pallasvuo (enviarse cartas en forma de historieta), Celdas contiguas. Correspondencia Depetris–Berliac reinterpreta ese gesto artístico (y vital) que ha sido casi una constante en la historia de las artes: establecer y mantener a la distancia un contacto con otro que hace lo mismo que uno, que crea en el mismo lenguaje artístico que uno para comunicar dudas, ocurrencias y hallazgos o para debatir el propio quehacer a través del hacer mismo de aquello que se discute.

“Debatir” y “discutir” quizás contengan para algunos un matiz más de “polémica” (lo propio de la guerra) que de “dialéctica” (lo propio del diálogo), pero lo primero que se lee y que se ve en estas cartas es la puesta en papel de una amistad, una amistad bien argentina, que se crece en la distancia pero que está siempre pendiente de un próximo encuentro en un bar o en un café, de aquí (Berliac, Buenos Aires) o de allá (Manuel Depetris, Rosario), pendiente de recibir noticias del otro. Y tal vez no sea casual que en un libro como Discusión (para volver a esa palabra) de Jorge Luis Borges esté incluido ese ensayo que habla del arte, pero también de la amistad y del lugar en el mundo en que nos tocó vivir, titulado “El escritor argentino y la tradición”. Comentando unos versos de Enrique Banchs, que incluyen tejados y pájaros que parecen no corresponderse en el color local de un suburbio de Buenos Aires, Borges acota: 

“Sin embargo, yo diría que en el manejo de estas imágenes convencionales, en esos tejados y en esos ruiseñores anómalos, no estarán desde luego la arquitectura ni la ornitología argentinas, pero están el pudor argentino, la reticencia argentina; la circunstancia de que Banchs, al hablar de ese gran dolor que lo abrumaba, al hablar de esa mujer que lo había dejado y había dejado vacío el mundo para él, recurra a imágenes extranjeras y convencionales como los tejados y los ruiseñores, es significativa: significativa del pudor, de la desconfianza, de las reticencias argentinas; de la dificultad que tenemos para las confidencias, para la intimidad”.

Sobreentendidos propios de la amistad, silencios (o reticencias) que el mutuo conocimiento supone o necesita: Berliac tacha a veces nombres, palabras, frases enteras (¿“pudor, reticencias argentinas, dificultad para las confidencias”?), y en ocasiones tacha pero deja ver lo que tachó. Sabe, por un lado, que estas cartas son públicas, pero a la vez parece retacearle información a su “correspondiente”, al prisionero de la “celda contigua” (excelente metáfora para definir la relación epistolar, por otro lado, pero que también a las celdas o celdillas contiguas que conforman la secuencia de viñetas en una historieta). Algunas de sus páginas-carta carecen incluso de palabras, y además Berliac recurre, según decía Borges respecto de Banchs, a “imágenes extranjeras y convencionales” como las de jugadores de fútbol americano para contar lo que le está pasando (por caso, un desengaño amoroso), para sugerir (casi negándolo) lo que le está pasando, para mostrar (sin decirlo casi) lo que le pasó. De parte de ambos creo ver, de todas maneras, un intento de sinceridad, un querer contar (mostrando) sus verdades o sus intuiciones de verdades. Y si todo fuera mentira habría que decir que entonces están muy logradas.

Depetris, por su parte, coquetea con la idea de dejar por un tiempo de hacer historietas para volcarse a la pintura. Y viendo sus epístolas eso cobra muchísimo sentido, porque el rosarino maneja con suma fluidez los más diversos estilos y técnicas pictóricos. La pintura como expresión artística está más que presente, en referencias verbales y sobre todo gráficas (Goya, Klimt, Degas, Picasso, Toulouse-Lautrec, Carlos Alonso, Pissarro). Depetris ha demostrado también con creces su extraordinaria capacidad para la narración con viñetas en Los pocos que quedan (un misterio sobrenatural), con guión de Martín Muntaner, o en su pequeña y magistral “Nunca tuvimos nombre alguno”. Aquí, además de exhibir su absoluto dominio de los instrumentos historietísticos, Depetris deleita con la  claridad conceptual de lo que expresa, con su palabra a veces coloquial (pero siempre potente y poética), con su puesta en página que muta pero mantiene un patrón, con su lujoso y variado trazo de dibujante consumado.

Berliac se mantiene en general dentro del estilo que le conocemos (sobre todo la línea que usa en Devil Got My Woman, con guión de Damián Connelly, Editorial La Pinta), pero al mismo tiempo se permite jugar con el color, con el collage, con la forma de las viñetas y con el propio lenguaje de la historieta. Se libera en esa intimidad abierta de la segunda persona y apuesta al plano de lo autobiográfico comunicando noticias (publicación de un nuevo libro), contando viajes (a Bolivia), hablando de amor (o desamor), introduciendo el contexto (época poselectoral), cosas que no suelen estar presentes (al menos no desde lo directamente autobiográfico) en sus obras, arraigadas por ahora en los géneros, y sobre todo en el género negro (Rachas, 5 para el escolaso, Editorial La Pinta). En las “palabras-dibujo” de una de sus cartas a Depetris se concentra muy bien el impulso y el espíritu propios de este epistolario y de la historieta como una búsqueda de fusión de ambos elementos (el “grafismo puro” o “núcleo intraducible” del que habla Pablo De Santis en la introducción de su ensayo La historieta en la edad de la razón).

Tal vez “novela gráfica epistolar” o “correspondencia gráfica” (y por qué no “epistorieta”) son términos que podrían aplicársele a Celdas contiguas, este nuevo y significativo aporte de Berliac y Depetris a la historieta autobiográfica que ha prosperado en nuestro país desde mediados de la década de 2000. Como corresponde a una obra que se inscribe dentro del noveno arte, palabras y dibujos adquieren aquí una importancia similar, y alcanzan la altura y la significatividad que ambos medios expresivos deben irradiar para que el milagro de la historieta tenga lugar.

Desde el sábado 24 de marzo de 2012, a las 20h, podrá empezar a visitarse la “Exposición Celdas contiguas” en la galería Tremenda Madma, Balcarce 837 (planta alta), Rosario, Argentina. Quizás entonces se cumpla nuestro pedido de hacer de Celdas contiguas el libro que se merece o, por lo menos, un hermoso libro-catálogo.

Para veer todas las páginas publicadas hasta el momento de Celdas contiguas, clic aquí; y más trabajos de Manuel Depetris y de Berliac, haciendo clic en sus nombres. La invitación a la exposición, en Facebook. Y sus generosas colaboraciones para este blog, aquí y aquí.

Hernán Martignone

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