Anécdota sobre el silencio – Cuento

Hoy no tenemos nueva tira de La vida nuestra de Gustavo Sala por un excelente motivo: el dibujante Diego Rey está dedicado a full a la preparación del libro del Hotel de las Ideas, y yo estoy colaborando también (si bien en menor medida) con ese libro. Retomamos nuestra historieta, seguramente, el lunes que viene o el próximo.

Les dejo un cuento que escribí en 1999 o 2000 (publicado en 2002) como para amenizar la velada.

Anécdota sobre el silencio

A Víctor Estrada lo vi por primera vez en una convención de comics en los Estados Unidos, pero por supuesto ya había oído hablar de él: en el mundo de la historieta se lo conocía, en aquel entonces, como “el onomatopeyista” (aunque algunos le decían “ruiditos”).

En sus comienzos había sido traductor y graficador de onomatopeyas en una editorial del centro. Ese trabajo se lo había conseguido un amigo que lo veía perdido, estancado, anotando siempre lo único que podía entender de las películas en lengua extranjera: los sonidos y los ruidos. No le interesaba aprender ningún idioma a excepción del suyo, tal vez porque sospechaba que no se puede entender cabalmente más que una lengua y él pretendía comprender la española, en la que firmaba los contratos. Víctor tenía, sin embargo, (clic) un oído capaz de distinguir la corteza sonora del mundo y de asignarle a cada uno de los sonidos que la conforman una representación gráfica acorde con el idioma en el que aparecía.

Su método era sencillo: miraba las películas en lengua original y hacía un catálogo de onomatopeyas que le servía de base, de inicio para sus trabajos. Porque, según decía, nadie produce las onomatopeyas del mismo modo. “Nada es igual a nada –esa era su filosofía– y por lo tanto tampoco lo son las onomatopeyas”. De idioma a idioma las onomatopeyas varían, como ya ha notado Saussure. Pero es obvio (y esto no está en Ferdinand, sino que lo descubrió Víctor) que deben variar de realización en realización. “El problema –dice en un reportaje que le hicieron en la revista ¡Hola!– es que las historietas no son reales (en un sentido vulgar) y, por ende, no puedo escuchar los sonidos específicos del género y copiarlos. Lo indudable es que no todas las explosiones hacen ¡boom! ni todos los tiros ¡bang!”. 

Darse cuenta de eso le hizo ver lo delicado de su arte, así que al regresar de su viaje por los Estados Unidos decidió esmerarse en lo necesario para ser el mejor. Realizó cursos de arte y de grafología, de solfeo y de matemáticas, de caligrafía, de teatro y de creatividad  (sobre estos últimos dijo: “Funcionan, aunque usted no lo crea”). También estudió el lenguaje de señas hasta saberlo de pe a pa pese a que, según sus propias palabras, no le sirvió para nada –dentro del arte onomatopéyico, habría que aclarar, porque a su mujer (Soledad) la conoció mientras actuaba como intérprete de un poeta sordomudo en un recital de poesía–.

Después de esta etapa de profundización (crack), empezó a recorrer otra vez las editoriales promocionándose como onomatopeyista. Todas las mañanas caminaba por la ciudad más temprano que nadie y recolectaba en un fichero ruidos y sonidos que solo escuchan los que están dispuestos a oír más allá de toda imaginación y de toda rutina. Entre las nueve y las doce tocaba timbres, golpeaba puertas, viajaba en ascensores, esperaba en algún sofá gastado. El resultado era casi siempre el mismo: indiferencia, condescendencia, impaciencia. Muchos, sin embargo, se le rieron en la cara. En tales casos hizo lo que ningún otro se hubiese atrevido a hacer: graficó ante cada uno de esos editores las onomatopeyas  de sus risas y se las mostró. Ninguno volvió a reírse en su vida, o eso dicen.

Cuando terminaba de realizar estas visitas almorzaba donde podía y se metía en los cines a ver alguna película ruidosa (shhh). En la oscuridad de las salas tomaba nota de los sonidos que lo sorprendían  por su dolor o que lo conmovían por su novedad. A veces asistía a proyecciones de películas mudas y trataba de descifrar en la mirada de los actores las sonoridades que habían estado presentes en el momento de la filmación y que ahora solo sobrevivían en la segunda piel de la pantalla.

Tras esta peregrina experiencia e impulsado por el fracaso inicial, visitó a los artistas en persona y entre ellos sí fue bien recibido. Diseñaba las onomatopeyas especialmente para cada uno, con lo cual les daba a sus historietas un toque personal que en realidad no tenían. El problema fue que Víctor se volvió cada vez más obsesivo y, entonces, cuando recibía las páginas para colocar allí sus onomatopeyas, todo se volvía sonoro: el humo de los cigarrillos, el movimiento de los ojos, las paredes, el desplazamiento de las imágenes en el espejo, el miedo, los paisajes lejanos que no somos capaces de recordar, el tiempo (cronomatopeyas). Y por debajo de los cuadros y entre las viñetas comenzó a aparecer un sonido que Víctor representaba con una “s” superpuesta a una “r”: era el sonido de la realidad. “La realidad suena”, dijo en su última conferencia en Buenos Aires, antes de irse a vivir a España. “Si pudiéramos –pero no podemos– hacer una suma con las onomatopeyas de los hombres, el resultado sería ese (+ r)”.

Sea verdad o no aquello de que dibujantes y traductores y críticos y guionistas y futbolistas son escritores frustrados, Víctor se decidió a escribir (sic) su propio cómic. Sin trabajo después de haber cubierto y arruinado páginas y páginas con sus sonidos, volvió a la soledad de su hogar a planear lo que sería su obra maestra: un cómic hecho tan solo de onomatopeyas. Estuvo encerrado meses en su estudio, como hacen aquellos que quieren escapar de algo, dedicado a una obra que no entendía del todo, que es la misma sensación que tienen los que huyen. Cuando la terminó y (nadie ve cómo) se la publicaron, hizo las valijas con su mujer y se fue a España.

En esa obra sonora, a la que los críticos han apodado “La Sinfonía” o “La Sintonía”, no hay dibujos ni palabras, o mejor dicho hay dibujos y palabras, pero representados por onomatopeyas. Locamente las palabras, que son de por sí onomatopeyas, fueron reemplazadas por las onomatopeyas de esas palabras, que no coinciden con las que conocemos. No hay viñetas tampoco: en su lugar está el sonido de las viñetas (tic–tac). Por suerte, Víctor eligió el género de aventuras (o eso me parece a mí, porque la verdad es que ese caos onomatopéyico es casi indescifrable) donde lo dicho no es lo más importante. Igualmente, aún no se ha escrito la última onomatopeya sobre esta obra.

Hernán Martignone

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