VERTIGO! Allí donde termina la cordura… y empiezan las historias

Por Christian Busquier/Guionista

 Había una vez… un grupo variopinto de escritores, en su mayoría ingleses, que fueron convocados por un nigromante alrededor de una mesa redonda en un lugar que bien podría haber sido el Camelot de las ideas. A cada uno de estos gentiles hombres se le dio libertad casi absoluta para que combatieran el hastío que reinaba en ese país de fábula llamado Universo DC. Pero ese algo se hizo expansivo -desde la pérfida escritura hasta las extrañas ilustraciones- a toda la industria comiquera que avanzaba entre golpes de puño, capas y mallas allá por los años ochenta. Y como no podía ser de otra manera, y para enfrentar a estas criaturas atadas a “legados”, “crisis infinitas” y demás etcéteras, los artistas enviaron por caminos menos frecuentados a sus creaciones; Quijotes mal hablados con intenciones dudosas, un grupito de personajes que hicieron las delicias de muchos y mostraron una nueva faceta, la otra cara de la luna, donde los tipos voladores y las chicas voluptuosas no se atrevían a llegar.

John Constantine. Jesse Custer. Morfeo. Tim Hunter. Spider Jerusalem. Tulip O´Hare. Muerte. Lobo Feroz. Blancanieves. Graves. Dizzy Cordova. Ellos, entre muchos otros, levantaron el estandarte y trajeron una bocanada de aire freso, y venenoso, a lectores que necesitaban evolucionar. Así como el cómic underground norteamericano se saltaba todas las reglas posibles, el sello VERTIGO impuso una marca indeleble, una huella extrasensorial al mainstream, tomó al toro por las astas, y a fuerza de carácter, y calidad, se hizo su propio lugar.

Cuenta la leyenda… que a finales de los 80, DC Comics comenzó a publicar títulos con una orientación más “madura” (La Cosa del pantano, V de Vendetta), hasta que en 1993, Karen Berger –la nigromante–, directora ejecutiva de DC Comics, fundó oficialmente el sello VERTIGO. Nuevamente la palabra “madura” se cuela entre las intenciones y los párrafos oficiales y no oficiales, intentando atraer a un público más adulto. ¿Cómo? Básicamente reescribiendo los géneros usuales pero desde perspectivas donde el crimen, el terror, el western, la ciencia ficción se montaban a caballo una de roadmovie o un viaje alucinógeno; donde el sexo, lo políticamente incorrecto y la violencia se enroscaban con la magia, o tramas truculentas de todo tipo, y no les hacían asco a temas como la homosexualidad, la política, las drogas y todos los tabúes que conforman el imaginario occidental. Todo esto fue posible gracias a un contexto en el que, por ley general, las editoriales le daban más importancia al dibujo que a las historias que se contaban (Image Comics y sus superhéroes con musculosidades imposibles fue un buen ejemplo de esto), y donde todos los personajes sonaban y se veían igual. VERTIGO, de la mano de Berger y de un grupo de escritores de vanguardia (en ese momento) como Alan Moore, Grant Morrison, Jamie Delano, Neil Gaiman, Garth Ennis, Peter Milligan, Matt Wagner, traía como propuesta anteponer la importancia de lo que se “cuenta” al dibujo, y no es que el dibujo no fuera algo a tener en cuenta, sino por el contrario, pero en autores como Dave McKean, Steve Dillon, Sam Keith, Kyle Baker, Guy Davies, Eduardo Risso, Pia Guerra, Darick Robertson, Michael Lark, prevalecía el interés del carácter de la historia y los personajes por sobre increíbles escenas de lucha o chicas recias en escotados pijamas. Y por supuesto, todo estaba –y sigue estando, más o menos– adosado a unos plots argumentales verdaderamente interesantes, bizarros, endiabladamente locos, pero absolutamente geniales, casi todos.

Alguien podría escuchar un resumen del tipo: “Hey, tengo la palabra de Dios, y como este cobarde se tomó el pire, dejando en ascuas a su creación, voy a buscarlo por toda la tierra para romperle el culo a patadas y pedirle una buena explicación”. Una premisa original, diálogos filosos, personajes queribles, y “humanos”, hizo de Preacher (Predicador) de Garth Ennis, Steve Dillon, Glenn Fabry, Pamela Rambo, Matt Hollingsworth, allá por el año 1995, de lo mejor que el sello VERTIGO tenía para ofrecer a sus lectores. Guiones virulentos, ultraviolentos, con claras reminiscencias sexuales, personajes malhablados y en pose de “western”, tipos muy feos, y otros muy malos, un protagonista idealista y una chica muy dura, se complementaban perfectamente con unas portadas grandiosas y un interior que no resaltaba por encima de los diálogos o las situaciones, sino que acompañaba perfectamente a las emociones, sin grandilocuencias pero con una fluidez exquisita.

En esa ola creadora, el inglés John Constantine, nacido en La Cosa del Pantano como creación de Alan Moore, es el más estoico de todos los personajes salidos de esta galera que entre magos, predicadores, periodistas, Eternos y revolucionarios de todo tipo y calaña, sigue sumando números –ya ha sobrepasado el número 220– y mala leche en su colección mensual, mientras le hace un corte de manga a demonios y espíritus malignos de toda especie y ralea.

VERTIGO también trajo algo que hasta ese momento no se veía en los grandes sellos de la industria. Sus personajes y sus historias no necesariamente estaban (están) conectados al universo convencional de DC. Series como Hellblazer, La Cosa del pantano, Doom Patrol, Animal Man, Los Libros de magia, Sandman progresivamente se abrieron camino propio, en parte, porque se alejaban de la temática superheroica y, en parte, porque estos nuevos autores tenían otras cosas que decir y hacer con personajes más tradicionales como Wesley Dodds, El Diablo, Christopher Chance o Jonah Hex, dándoles ínfulas completamente nuevas. Es de entender entonces que muchas de estas criaturas vertiginosas no tuvieran en cuenta la “continuidad” de este longevo universo a favor de tramas futurísticas (Transmetroplitan, El Asco, Terminal City), policiales en ámbitos más realistas (100 Balas, Blanco Humano, La escena del crimen, Sandman Mistery Theatre, Johnny Double), el western (El Diablo, Loveless) o comedias abordadas desde el absurdo o lo bizarro (Moriré a medianoche, Los carnívoros, Pop London, Finals), mientras que otras, como Es un pájaro, Heavy liquid, Enigma o The Extremist, directamente planteaban metalecturas de tópicos superheroicos o visiones descarnadas de los instintos humanos y las sociedades contemporáneas.

Pero VERTIGO fue más lejos… Aportó un cambio en la costumbre de lectura al ofrecer a sus lectores tomos recopilatorios de historias previamente publicadas en comic-books y la publicación de novelas gráficas (Lovecraft, Dime, Oscuro, Un misterio religioso, Por qué odio Saturno), acercando al lector a las librerías y las librerías al lector de cómics. Los cuidados formatos de estas ediciones, similares a libros, facilitaron reediciones de series que inclusive venían de otras editoriales absorbidas por VERTIGO/DC (Helix, por ejemplo), e incluían extras, tapa dura, lujosas sobrecubiertas, entrevistas inéditas y largas introducciones de autores reconocidos como Stephen King, Harlan Ellison o Gene Wolfe. El ejemplar engrapado con salida mensual se mantiene pero la edición en tomos, generalmente separados por arcos argumentales, potencia ventas (Transmetropolitan fue una serie que ganó con los recopilatorios), y expande potencialmente la vida editorial de un título y su permanencia en el mercado (las incontables reediciones del Sandman de Gaiman han generado todo tipo de subproductos editoriales, generando “culto” y “ventas”).

Humor ácido. Diálogos punzantes. Situaciones extremas. Critica política y social. Viajes alucinógenos. Lo que sea. Un material de lectura que se bifurca en varias direcciones. Series como Lucifer o Fábulas se apartaron, creando sus propias reglas, mientras el Sandman de Gaiman coqueteaba con el propio Constantine y se pegaba una vuelta por las habitaciones de la Liga de la Justicia para no volver nunca más a pisar ese territorio impoluto de superhéroes (hasta ahora, más o menos).

La sociedad. Las relaciones humanas. El abuso. La violencia. El sexo. Las drogas. La venganza… Temas recurrentes, abordados desde perspectivas nuevas, desde relecturas que interesan por su frescura u osadía. Polémica, clásica, novedosa: VERTIGO es una suma de ideas que la definen con las propiedades de un camaleón con una agenda editorial que da cabida a todo un mundo de ficción, en el que habitan desde magos a asesinos, cowboys sedientos de venganza, vampiros en clave western e ídolos pop.

Sin embargo, en el ahora más inmediato, la pregunta que revolotea en torno a VERTIGO es acerca de su vigencia y vitalidad frente al fracaso de series como American Virgin, Loveless, Crossing Midnight, Los Exterminadores, The Un-Men, El soldado desconocido, Air, y las tibias ventas de DMZ, Northlanders, The Unwritten o Scalped, unas tibias e injustas ventas, ya que esta serie de Jason Aaron y R. M. Guéra, junto al American Vampire de Snyder/King y Albuquerque, tal vez sea lo mejor que VERTIGO publica en la actualidad. Vale decir: Scalped se aleja de los tópicos fantásticos para adentrarse en un policial duro, sucio, políticamente incorrecto, más cercano al Blanco Humano de Milligan, al Silverfish de Lapham o La escena del crimen de Brubaker, que al Joe the Barbarian de Morrison o al ya mencionado The Unwritten de Carey.

Pero, como decía, las tibias ventas, el fracaso estrepitoso de autores harto conocidos como Azzarello, Lapham (Young liars) o Carey hace plantearse hasta qué punto esa mesa redonda que construyó su Camelot a base de Sandman, Preacher, Hellblazer (que ahora es devuelto al DCU), Invisibles, Fábulas, puede reemplazar estos íconos, o simplemente reinventarse, y alimentar el paladar acostumbrado a las cotas de calidad de sus más leales y acérrimos lectores.

Como sea, el futuro de la línea VERTIGO hoy se debate entre series longevas como la excelente Fábulas o Hellblazer, o lecturas más contemporáneas como American Vampire, Scalped, Northlanders, The Unwritten, que se sostienen por el buen hacer de sus autores y cierto criterio editorial que evidentemente les permite seguir creciendo.

VERTIGO abrió una puerta y marcó al lector, su lector, creando criaturas que excedieron la viñeta con una voz propia demasiado fuerte, haciendo su propio lugar en la industria y dejando un buen puñado de clásicos imperecederos… Y no lo hizo a golpe de puño y visión láser, sino de talento.

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