Fábulas (Fables), de Bill Willingham y varios dibujantes

FÁBULAS… en fuga

Por Christian Busquier/Guionista

Todo es imposible hasta que deja de serlo…

Ciertamente. Y “cree en lo imposible”sería un excelente remate para ese axioma. ¿Quién nos dice que todas aquellas criaturas surgidas del candor popular, transmitidas a través del relato oral por generaciones, e interpretadas una y otra vez, no coexisten con nosotros, en nuestras ciudades, en nuestra realidad? ¿Qué pasaría si un día cualquiera descubriésemos que Lobo Feroz, Blancanieves, Rosa Roja, El Príncipe Azul (o Encantador), Pinocho, Mowgli, Barba Azul… habitan en un edificio que ocupa toda una manzana y mantienen locales comerciales (pastelerías, zapaterías, etc.) a su alrededor, mientras intentan llevar una vida muy parecida a la nuestra?

Sinbad, el Genio de la Lámpara, Frau Totenkinder (la bruja caníbal de Hansel y Gretel), Baba-Yaga, los Tres Chanchitos, Pulgarcita, La Bella, y la Bestia,  Jack (el de las habichuelas mágicas, que luego protagonizaría su propia serie en un fallido spin-off), Bella Durmiente, Cenicienta, El Rey Cole, Gepeto, Pinocho y muchos otros pululan por las páginas de la serie de Vertigo FÁBULAS, como si fueran vecinos de Woody Allen y los habitantes de La Gran Manzana neoyorquina. Y es que Fábulas,creación del guionista Bill Willingham, trabaja sobre esa base: todo es imposible hasta que deja de serlo. ¡Creed en lo imposible! 

Pues lo dicho, estas Fábulas pergeñadas por Perrault, Andersen, Grimm, Kipling, Anónimo y un larguísimo etcétera… Perdón: ¿hemos dicho ya que Willingham saca de la manga todo tipo de personajes de cuentos de hadas, de fábulas propiamente dichas, de cuentos más recientes y de cuentos que ni siquiera sabíamos que existían? Ejem, volviendo a lo nuestro… Como buen fabulador, Willingham y equipo nos cuentan que había una vez unas Fábulas que huyeron de sus Tierras Natales, ubicadas en algún lugar paralelo que se alimenta de fantasías, con castillos, animales parlantes, dragones, orcos y demás, para asentarse –hace muchos siglos ya– en nuestra realidad. Estos expulsados, humillados, perseguidos, diezmados, exiliados, seres de fábula, aún sufren el vacío desolador que ha provocado en todos ellos aquella guerra perdida por la que han tenido que huir de sus mundos al nuestro. Detrás de estas maquinaciones, está el Adversario (identidad que se revela en el excelente arco argumental titulado: Las tierras natales, y más exactamente en el número 40 de la serie), un personaje siniestro que no es ni mucho menos quien el lector imagina. Aunque también es cierto que este lector en particular hubiese saboreado con otro color la primera opción de Willingham para este personaje y que por razones de derechos no pudo utilizar. Tal personaje es –aunque no pudo ser– Peter Pan. Como sea…

A estas criaturas, entonces, solo les queda el recuerdo vago de una vida pasada, y mejor. Entre medio, es decir, mientras preparan el contraataque para recuperar las Tierras Natales, viven las pequeñas miserias de una comunidad secreta y con reglas muy estrictas. Nosotros, ustedes (a menos, claro está, que sean una fábula), somos los llamados “mundanos”, humanos que con nuestras fantasías alargamos o acortamos las vidas de estas fábulas. Sí, como se oye: nosotros somos el fuego que alimenta el motor de la vida de estas creaciones, y de su popularidad entre los mundanos depende y se explica su longevidad, y hasta la posibilidad de una muerte definitiva (o no).

“Todo sucede por primera vez pero de un modo eterno”.

Siempre lo he dicho: Borges sabía algo que el resto de nosotros solo percibe en fracciones y, mucho menos, puede volcarlo tan claramente sobre papel. Fábulas, allá por el 2002, vino a cubrir un vacío existencial dentro de Vertigo junto a 100 Balas de Azzarello y Risso, e Y, el último hombre de Brian K. Vaughn y Pía Guerra. Con series tutelares como Preacher y Sandman finiquitadas, el listón a levantar era más bien difícil. Willingham, acompañado de dibujantes como Lan Medina o Mark Buckingham, que con el tiempo sería su dibujante oficial, los entintadores Steve Lahiola y Craig Hamilton, entre otros, y las deliciosas portadas de James Jean (que para gusto de los lectores ilustra la historia corta A vista de rana”, incluida en el especial 1001 noches de Nieve) y Joao Ruas, concibieron una historia rica en matices y personajes. Personajes muy conocidos unos, otros no tanto, y otros con interesantes variaciones. Entre estos, tal vez el que más destaca es Lobo Feroz, comisario de Villa Fábula que, exonerado de su pasado y gracias a un hechizo, puede adoptar forma humana, y devenir en lobo cuando haga falta… Lo que se dice un licántropo en toda regla. Pero todos ellos, son personajes que llevan en su espalda una historia mucho más compleja que la que los lectores conocemos, o creíamos conocer. Y es que nada es tan fácil ni edulcorado en este universo fabulario.

Esto es sin duda el mayor acierto de Fábulas.El logro de Willingham y sus socios fue, y sigue siendo, hilar y dotar a una historia o historias conocidas (o no), como el folclore las ha popularizado, de una complejidad llena de vaivenes y detalles perfectamente coherentes con la naturaleza de los personajes, potenciando estas cualidades y llevándolas a lugares y situaciones adultas, muy por fuera de lo que a priori podría ser infantil o simplista. Todo esto, a partir de la propuesta de que estos exiliados sufren las mismas miserias que los humanos; son celosos, ambiciosos, mentirosos, avaros, racistas, y, por supuesto, cometen crímenes. También son razonablemente románticos, idealistas, y todos y cada uno de ellos desean regresar a sus Tierras Natales. El tufillo a “lo real” que se filtra entre la aventura, el policial, la comedia, el melodrama, e impregna los guiones, eleva considerablemente la premisa de esta fantasía para lectores adultos.

La interacción de todos estos elementos se suma al carácter opuesto de cada personaje, y construyen ese ingrediente particular y original, formando un mosaico tan atractivo como entretenido. Temas como la política, la guerra, la sexualidad, los prejuicios, la violencia, atraviesan las páginas de esta serie que ya ha pasado su número 100, y sigue reverberando a partir de una constante imaginería, vueltas de tuerca y un sinfín de “caras conocidas” que entran y salen en un escenario coral, llevándonos por caminos poco transitados, no ya desde las tramas en sí mismas, sino desde quiénes y cómo la transitan.

Por suerte para los lectores, su publicación en castellano ha sido –y sigue siendo– más o menos acompasada. Cada tomo editado en español respeta arcos argumentales completos, y todo hay que decirlo, así como varían de cantidad de páginas y de tenor en cuanto a la seriedad (y gravedad) de la materia abordada, la calidad y el interés también sufren sus vaivenes.

En un principio, Norma Editorial publicó en tres tomos los primero 18 números de la serie. Una entrada más que perfecta para el tono general y los personajes: Fábulas: Leyendas en el Exilio plantea una trama policial a lo Conan Doyle/Holmes o Agatha Christie/Poirot, donde un asesinato se vuelve el vehículo perfecto para adentrarnos en este mundo, sus personajes y, sobre todo, las motivaciones que mueven a cada una de estas fábulas exiliadas. La continuación no puede ser más perfecta: Fábulas: Rebelión en la Granja, donde la referencia al mundo orwelliano se vuelve tragedia, construyendo tal vez uno de los arcos argumentales más duros y oscuros de la serie. A la pregunta de “¿qué pasa con todas las fábulas animales, dónde las alojan?”, la respuesta es sencilla: La Granja. Pero nada es sencillo, ni en esta realidad, ni en cualquiera.

La Granja es un lugar ungido con un hechizo de ocultamiento que no permite ver nada más que una sencilla casa y un prado verde, pero que esconde cerdos que hablan, panteras, tigres asesinos, una familia de osos muy conocida y unos gigantes remolones. Nuevamente, la relación tensa entre política y convivencia marca una línea que no encuentra sus respuestas en salidas fáciles. La convivencia entre las fábulas humanas y las fábulas animales no puede ser menos que complicada. La idílica superficie –aquello que creemos conocer– que aparenta este cuento de hadas se transforma en una violenta revuelta con consecuencias terribles. Las pinceladas de crudeza nos muestran que no todo es lo que parece ser.

Fábulas: El último castillo, se compone de historias cortas y autoconclusivas que sirven para profundizar en los personajes, sus rencillas personales y su entorno mundano. Este último tomo publicado por Norma incluye un especial dibujado por P. Craig Russell, que es el que da título al tomo: “El último Castillo”. Una vez más, la irrupción del elemento clave y central en la primera gran parte de la serie –la guerra con el Adversario– nos permite acceder a uno de los últimos intentos de las fábulas por defender su territorio. Este último castillo del título es el último de los bastiones contra las fuerzas letales del enemigo. La comprensión de la guerra y sus dimensiones, el fracaso y la huida, marca a muchos –como El Chico de Azul, protagonista de este relato breve– de una manera cruel y definitiva. La pérdida de la inocencia, el valor y la resistencia de unos pocos se completan con secundarios de lujo como Caperucita Roja y Robin Hood.

La edición española siguió su derrotero de la mano de Planeta DeAgostini (quien también ha recuperado los primeros números de la serie en dos gruesos tomos), dejando en el camino arcos argumentales que, como dijimos, varían en su calidad, sazonando las cosas con un par de spin-off con poca chica, y menos color, e incluida una serie para uno de sus personajes más “supuestamente” risueños (Jack Horner). La edición de Planeta DeAgostini se estructura de la siguiente manera: Fábulas: Leyendas en el exilio (números 1 a 10), Una historia de amor (números del 11 al 18), La marcha de los soldados de madera, Las crueles estaciones, Tierras natales, Las mil y una noches (y sus días), Lobos, Fábulas: Hijos del imperio, El buen príncipe, La gran guerra, El gran cruce de las fábulas, Las edades oscuras, Brujas y Rosa Roja. 

Vale aclarar que El gran cruce de las fábulas es un “cruce” con la mediocre –siendo muy generoso- serie de Jack. Este cruce, que tampoco tiene mucho de “cruce”, no afecta en nada el desarrollo de las tramas que transita la serie madre. El spin-off dedicado a Jack Horner, al que la editorial española ha dado el título de Fábulas presenta: Jack, se compone de 9 volúmenes, donde Willingham comparte cartel de guionista con Mathew Sturgess, y eventualmente, hacia el final, Chris Roberson, mientras que el dibujante oficial es Tony Atkins, con algún que otro invitado.

Además de la serie regular, Planeta DeAgostini ha publicado dos especiales: Fábulas: 1001 noches de nieve, escrito por Willingham e ilustrado por diversos artistas, y un verdadero placer para el paladar, ya que reúne todo lo mejor a lo que esta serie puede aspirar en cuanto a temáticas y abordajes/construcción de personajes, jugando con algunos giros argumentales realmente interesantes, como la relación de Blancanieves con los enanos… Y Fábulas Presenta: Cenicienta. Desde Villa Fábula con amor, donde Willingham vuelve a unir su escritura a la del insulso Sturges, y coincidiendo con los lápices de Tony Akins. Un argumento sencillo y, de nuevo, las infinitas posibilidades de hibridar géneros que permite la serie, esta vez uniendo la fantasía a una trama de intriga y espionaje. No vamos a escupirle la sopa a nadie diciendo que Cenicienta es “la” espía de Villa Fábula, y que su trabajo ha sido vital a lo largo de la serie, aunque sus apariciones hayan sido más que esporádicas.

No es de extrañar, queridos lectores, que una serie tan longeva –solo Hellblazer la supera en cantidad de números dentro de Vértigo– tenga sus bemoles, sus “cantos de cisne” y sus “cantos de ganso”. Muchos números, ciertas tramas resueltas con demasiada rapidez, que daban para más juego, y un hecho bélico que el lector esperaba ansioso y que se resuelve con efectividad pero algo tibiamente. El protagonismo de la serie siempre ha sido coral, y sigue siéndolo, con arcos argumentales bien definidos, y números individuales, protagonizados alternativamente por Lobo Feroz, Sinbad, Blanca, Rosa Roja, Papamoscas, Barba Azul, Bufkin (un mono volador) y otros, producen altos y bajos momentos, con efectos de tensión sostenida, y otros de cansina resignación, esperando pasar página para ver si la cosa remonta. La hibridación genérica que comentábamos antes sobrevuela la serie, jugando al policial, al género bélico, al de espías, a la comedia, y siempre con un pie en el melodrama, aunque no siempre con el pie correcto. Pero también, como lector, debo reconocer que cuando creía que todo estaba dicho en el universo de Fábulas, Willingham –como buen artífice– vuelve a patear el tablero y generar un interés renovado, tanto en el relato como en la plantilla de personajes que pueblan su historia, poniendo en riesgo todo aquello que nuestros buenos amigos han logrado conseguir.

A las Fábulas Occidentales se suman las Fábulas Orientales, una Cenicienta que viste de Mata Hari, y superhéroes, pero lo que realmente agrada y la hace única en su tipo es ese sabor a nostalgia, a melancolía, a días de lluvia y bosques espesos, a casas de chocolate que esconden pérfidos secretos, a misterios lejanos, exóticos, y cierta tristeza, una tristeza que impregna las páginas con desafíos sin soluciones fáciles, llevando a sus protagonistas por derroteros tan extraños como trágicos, o simplemente divertidos, pero permitiéndoles al mismo tiempo, transformarse, y que el lector participe de estas transformaciones. Y en los tiempos que corren, nada de esto es poca cosa… ¿o sí? Había una vez…

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