La fuerza – Poemario sobre superhéroes de Hernán La Greca

Que la fuerza te acompañe

 

Ya ves,  no somos ni turistas

ni artistas de sonrisa y frac…

Formamos parte de tu realidad.

Charly García, “Superhéroes”

 Si Fantomas contra los vampiros multinacionales, de Julio Cortázar, problematiza de alguna manera esa extraña influencia que la historieta ejerce sobre la novela, ¿qué decir ahora de La fuerza y la relación de historieta con poesía? Los lectores de historieta recordarán sin duda el homenaje de Alan Moore al gran poema de Dante en Swamp Thing, las excelentes rimas que Garth Ennis escribió para Etrigan (The Demon), la versión de Brian Bolland sobre el Gilgamesh, la “puesía” de The Maxx, al bardo de Astérix, pero también el poder concedido a la palabra en Shazam! o en Preacher: la palabra mágica. Sabemos, sin embargo, que el vínculo que une historieta con literatura es bastante endeble y suele reducirse a la adaptación o a la admiración, sobre todo de cuentos o de novelas.

En los versos de La fuerza, de Hernán La Greca (bajo la luna nueva, 2001), en esos “personajes-poema” como los definió Tomás Bartoletti, el juego se da en el campo de la poesía, y todo es creación o, para formularlo con otras palabras, observación distanciada del detalle más ambigüedad y estilo. Con dos o tres metáforas en la nuca, La Greca inventa un tono distante y profundo, sutil y apasionado, para visitar otra vez una serie de héroes de un mundo hecho de nostalgia, de ídolos con pies de sangre, pudor y lágrimas. Este tono, además, se diferencia de la experiencia poética más cercana a ésta, la de las joyitas de Tim Burton en La melancólica muerte del Chico Ostra (Anagrama), donde el lenguaje es cruel pero, a la vez, infantil.

La dedicatoria del poemario (“a mis padres”) tiene que ver con el momento en el que, casi indefectiblemente, comienza la pasión por las historietas: en la infancia, suelen ser los padres los que le acercan al hijo esas segundas lecturas en donde imágenes y palabras brillan por igual, frente a la abrumadora superioridad pictórica de los primeros libros para niños. En La fuerza, en cambio, solo quedan las palabras, aunque la “fuerza” referencial de los nombres de los personajes de historieta (en parte pasados por el tamiz de la televisión) genera, de inmediato, su concreción visual, que variará para cada generación de lectores, pues tendrán en su memoria diferentes etapas o versiones de sus héroes. Cabe destacar, de todas maneras, que no están los personajes más conocidos o reconocibles, sino una selección que acentúa la personalísima visión del autor, basada también en series de televisión (como en “El Hombre  de la Atlántida” o “Gatúbela” y “Ricardo Tapia”, que aluden a la serie televisiva del Batman de los sesenta). La ilustración de tapa trata de escapar a esas connotaciones recurriendo a un muñequito de Spiderman que nos mira a los ojos con gesto adusto de adulto, desenmascarado, revelando su identidad y su intimidad, como señaló el historietista Ian Debiase. De aquí en más trataré de evitar el análisis para dedicarme a ese otro arte, quizá más complicado que el de la crítica, que es el de la cita y que requiere capacidad de selección y resignación (por lo que tenemos que dejar afuera).

El poema inaugural se titula “Silver Surfer” y nos habla de este personaje que, si bien no es un desconocido, no provocará quizás la inmediata reacción nostálgica esperable en la mayoría de los lectores. Como todo el libro, esta poesía juega a dos puntas: intercala referencias precisas a las historietas que homenajea, a la vez que puede ser perfectamente seguido por lectores ajenos al noveno arte. Los versos iniciales

Voy vestido de Apolo por la casa. El cuerpo,

una amenaza elegante. Soy un escapista

del amor.

(…) Un llanero blanco

y su caballo de agua.

aluden a la literatura griega o al mito (la mención de Apolo en el primero) y a la historieta (la “amenaza elegante”, en referencia a Fantomas, en el segundo, además del posterior “llanero blanco”), pero en esa primera página y en ese primer poema estarán todas las obsesiones que valen la pena: la niñez, la metapoética, la tristeza, el miedo, la problemática subjetividad (que se hace constante en la primera persona), el amor (que es la segunda persona), el deseo…

Nada saben mis padres de esas tardes, no ven

el llanto acumulado en la rejilla, ven un resto

de agua que resbala, un charco

crecido bajo el traje de neoprén. Es mi deber

mostrarme calmo en la rompiente.

Esta composición, por sus connotaciones marinas o marítimas, nos remite a otra de Oliverio Girondo, “Croquis en la arena”, que por sus recursos y su ritmo se constituye sin duda en una de las influencias fundamentales en la poesía de La Greca:

La mañana se pasea en la playa empolvada de sol.

Brazos.

Piernas amputadas.

Cuerpos que se reintegran.

Cabezas flotantes de caucho.

Al tornearles los cuerpos a las bañistas, las olas alargan sus

virutas sobre el aserrín de la playa.

¡Todo es oro y azul!

La sombra de los toldos. los ojos de las chicas que se inyec-

tan novelas y horizontes. Mi alegría, de zapatos de goma,

que me hace rebotar sobre la arena.

Por ochenta centavos, los fotógrafos venden los cuerpos

de las mujeres que se bañan.

Hay quioscos que explotan la dramaticidad de la rompiente.

Claro que no hay que olvidar otro poema mucho más relacionado con los de este libro en cuanto a su temática: “Palabras a un habitante de Marte”, de Alfonsina Storni. Algunas de sus frases tienen el mismo sabor, la misma delicadeza, el mismo dolor que las de La fuerza: “Busco una estirpe nueva a través de la altura” o “Cuerpos hermosos, dueños del secreto celeste / de la dicha lograda”. Y tampoco puede quedar afuera de este repaso de voces un maestro del arte de narrar en verso: Juan José Saer.

Por otra parte, el poder de los héroes (o, como aparece anticipado en “Silver Surfer”, el deber) no tiene en el libro el valor moral que se le da en la historieta, donde es central, de acuerdo con la frase inmortalizada por Spiderman: “Con un gran poder viene una gran responsabilidad”. En el libro todo se mide en función de lo personal, de lo individual, de la introspección.

En el siguiente texto, “Aquaman” (que dio origen a una obra de teatro de Diego Velázquez), la soledad irrumpe y deja sentir su propia fuerza porque es una soledad que busca y es buscada:

Ahora estoy solo y no salgo

ileso si te nombro. Los consejos de a bordo

valen poco cuando estoy fuera del agua.

¿De qué me sirve por las noches

tener la piel acostumbrada

al bravo sol del mediodía?

Luego se sucede una serie de composiciones que entran y salen del mundo propiamente superheroico (o que lo amplían) y cuyos títulos van alternando entre nombres propios, reales y traducidos (“Sarrasani hijo”, “Ricardo Tapia”, “Dr. Freeze”, “Capitán Frío” con su genial: “Trabajar en el frigorífico / no me reconcilia con la carne”, “Sleeping Beauty”, “Johnny Weissmuller”, “Gatúbela”), hasta llegar a uno de los mejores ejemplares del volumen: “Flash”.

El velocista escarlata es uno de los personajes en los que se puede ver con mayor claridad el concepto de “fuerza” que La Greca va a desarrollar en un puñado de versos de un par de textos al final de la colección, aunque no precisamente en este. Siguiendo el movimiento de muchos de los poemas, aquí se expone primero la gloria y luego la caída, primero el esplendor y luego la derrota:

Es el hombre más veloz de la tierra. Ir de una punta

a otra de la noche le toma un paso, un parpadeo. Corre

con ventaja: sabe que es inalcanzable. (…)

Verlo correr es privilegio de pocos. De lejos

parece un mundo, una pelota; y sólo un ojo

fino y entrenado puede reconocer a la carrera

un pie, un codo, una muñeca.

Nuevamente la irrupción girondiana de la mirada fragmentada o fragmentaria en la enumeración asindética que intenta representar ese movimiento escarlata que pone en cuestión, a la vez, las posibilidades de la representación del movimiento sobre el papel.

Sobre él cuentan proezas -dicen-

a su paso la noche parece detenida.

Hace del río agua estancada; del sol,

una moneda.

(…)

Ahora se mueve por la casa

vacía, lo han despreciado, ya no lleva

dos alas en la espalda, sostiene un vaso y se muere

por mostrar lo que ha aprendido.

Le sigue a continuación “La Mujer Maravilla”, verdadera demostración de (re)interpretación de un personaje y de una cultura:

Cuando ella pasa, el mundo

es una chica americana. Su belleza

se mide en la futilidad de un gesto:

como arma letal, un avión invisible.

Sufre por ser tan fuerte y no poder

perder un brazo, el corazón

en una balacera. Sufre

porque no ama, y es ése

el aire que le falta.

(…)

Su mayor certeza no la obtiene

de la verdad del lazo. Lo que importa

lo sabe por lo que lleva

perdido.

En el penúltimo poema del libro, “El Hombre Araña”, anunciado ya desde la portada, aparecen también algunas de las frases más increíbles de la poesía de los últimos años, con esa mezcla tan rara y exquisita, tan a la moda, de coloquialismo (infantil, en este caso) y sutileza. Uno de los pasajes más citados en las reseñas de los diarios dice así (en la mejor lección de ese juego poético de cortar un verso o encabalgarlo para hacerlo más ambiguo y, por ende, como decía Borges, más rico):

Llevo una existencia con visos

de normalidad. Si me hace falta salgo a caminar

por las paredes.

Y concluye maravillosamente:

Tengo los labios helados y ha comenzado

a fallarme el lanzarredes. Tal vez ese amor radiante

tampoco llegue nunca. No me quejo. El aire

pasa suave entre las hojas. La noche esplende. Nadie

tiene un traje como el mío.

En él es enunciada, por fin, la idea de “la fuerza”, eso que podría definirse como el locus communis o amoenus (para nada común, para nada placentero) del que los héroes obtienen su poder -una fuente de energía renovable, el platónico mundo de las formas-. La fuerza excede su sentido literal, tan propio del cómic clásico de superhéroes, y simboliza aquí, sin duda, un concepto clave en las historietas de los años noventa, desde Swamp Thing hasta Flash, pasando por Animal Man y Spiderman, cuya voz nos revela:

Para acostumbrarme a la fuerza

que una noche creció en mí

practico lucha libre.

La fuerza se asocia, según se ve, con la noche, con lo oculto, con lo inexplicable, con lo que hay que controlar, esto es, un lado oscuro que debe ser aprehendido, domado o moldeado por medio del ejercicio, de la práctica, de la técnica, que es al mismo tiempo la fuerza de los que no tienen “fuerza”, tal como aparecerá desarrollado en el poema final del libro, “Flecha Verde”, que se cierra con (otros) tres versos perfectos:

No tengo don, carezco de toda

habilidad. Mi arte -se sabe-

es disciplina. Nada me ha tocado. (…)

No soy como los otros. Ni alado

ni dueño de esa fuerza que viene

no sé de dónde. Soy

arquero. Un vestido, un corazón,

una manzana. Mi arma

atraviesa las pequeñas cosas del mundo. (…) Ya

avanza por la noche, por el brillante día, la flecha

que no tiene blanco.

Este breve libro de poemas breves demuestra que, más que la épica o la parodia (tan de moda en los últimos tiempos en el cómic americano), la poesía puede (o debe) ser el instrumento para acercarse al mundo de los superhéroes -ese complejo laberinto de identidades, poderes y miserias-, por lo menos en la actualidad, después de las transformaciones sufridas por los personajes del cómic americano desde mediados de los ochenta (la revolución provocada por Watchmen, el Dark Knight, lo que se llamó la edad adulta del cómic). Medio, pero también fin, la poesía se erige como espíritu y como materia, como la fuerza oculta detrás de las máscaras y de las palabras.

En un interesante artículo titulado “Marcas de graffiti en los suburbios. Poesía argentina de la posdictadura”, y compilado recientemente en Leer poesía. Lo leve, lo grave, lo opaco (Fondo de Cultura Económica, 2011), Alicia Genovese analiza algunos poemas de Hernán La Greca y los pone en relación con los de otros poetas de los últimos años.

Para escuchar la charla con Hernán La Greca (una suerte de celebración de los diez años de la publicación del libro) en el programa Sirena en bicicleta y algunos poemas leídos por su autor, clic aquí.

 Hernán Martignone

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2 respuestas a La fuerza – Poemario sobre superhéroes de Hernán La Greca

  1. tomas dijo:

    gran artículo!

  2. Pingback: Poesía e historieta (1) – Audio del programa con Hernán La Greca | sobre historieta

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