“Muffins”, de Iñaki Echeverría – Editorial manoescrita

“Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios unas cucharadas de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las miga del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. […] Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tilo, los domingos por la mañana en Combray […].  Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo”.

El pasaje pertenece al primer capítulo de Por el camino de Swann, el célebre primer tomo de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. “Muffin” es una palabra inglesa equivalente a “magdalena” en castellano o a “madeleine” en francés. Los muffins de Iñaki Echeverría son, transfigurados, esos “bollos, cortos y abultados” que transportan al narrador proustiano al pasado, que lo llevan o lo empujan a la búsqueda de recuperar el tiempo perdido. Juan José Saer, en “La mayor”, jugó con esta idea proustiana: “Otros, ellos, antes, podían. Mojaban, despacio, en la cocina, en el atardecer, en invierno, la galletita, sopando, y subían después la mano, de un solo movimiento, a la boca, mordían y dejaban, durante el movimiento, la pasta azucarada sobre la punta de la lengua”.

Esta genial historieta de Iñaki Echeverría, Muffins (manoescrita, 2011), puede leerse como un homenaje, pero también como adaptación o trasposición de la obra de Proust al lenguaje de la historieta, atravesada ya por la reescritura saeriana. Frente a la verborragia (o logorrea) infatigable de Proust, Iñaki no emplea en esta obra un solo diálogo, y casi diría ni una sola palabra, si no consideramos palabras las onomatopeyas y no contamos un cartel (con el nombre del restaurant donde trabaja el protagonista) y una etiqueta de vino. Y, frente a los siete volúmenes de En busca…, en Muffins nos encontramos con una condensación extrema, ya que es un libro de 64 páginas y en general pocas viñetas por página. “Brevis oratio et longa manducatio” reza el epígrafe latino de la obra, máxima culinaria que recupera en pocas palabras el sabor de lo antiguo, de lo pasado, en el paladar o en la lengua. Porque no solo en la historieta los sabores y los olores son difíciles de representar: si uno huele algo sin verlo le costará horrores identificarlo (hay un juego con esencias aromáticas, por ejemplo, que lo demuestra), y lo mismo si prueba algo sin ver y sin oler de qué se trata (había un juego con esa idea en Feliz Domingo). 

También en Muffins el personaje central, un chef consagrado, vuelve al pasado (a la infancia) a través del sabor de esos bollitos, y como el personaje de Proust tiene que probarlos más de una vez, y recién después la memoria parece invadirlo: es una de las tantas grandes páginas que tiene esta historieta, la página 35 reescribe o, mejor dicho, redibuja la 23, con ese muffin que –literalmente– habla, poniendo en juego puro lenguaje historietístico. Tampoco se olvida Iñaki de homenajear al cine (alguna referencia a ¿Quieres ser John Malkovich? o al cine mudo puede vislumbrarse aquí y allá). Algunos trazos recuerdan por momentos La ciudad de los puentes obsoletos, historieta consagratoria de Federico Pazos que salió por Editorial Común, con la que también podrían establecerse algunos puntos comunes y sutiles en la trama. La línea más fontanarrosesca que a veces tiene el dibujo de Iñaki aquí aparece poco y nada, salvo en algunos personajes de fondo, en algún fondo.

La puesta en página es exquisita y está construida desde una arquitectura de la página, trabajada con materiales entre los que se destaca en primerísimo lugar la expresividad. A veces nos topamos con una clásica división en viñetas con bordes y espacios en blanco entre una y otra, pero en muchas oportunidades lo que se ve son viñetas incrustadas que señalan detalles expresivos o narrativos, siempre muy bien dispuestos. Las onomatopeyas, huellas de indentidad de la historieta como lenguaje, también ocupan un lugar de privilegio y tienen la función de narrar, de marcar el paso de la acción. Cuando en uno de los encuentros con el pasado que vuelve el protagonista revive los últimos momentos con una novia de la juventud, son dos onomatopeyas perfectas las que nos cuentan todo. Y en una historieta llena de emoción como Muffins, el “snif” como onomatopeya del oler se convertirá (para el lector) en la onomatopeya del llanto.

En el regreso al pasado de ese personaje tan bien construido y al que conocemos a través de lo que se nos muestra de él -y para quien olores y sabores tienen tanto valor-, es muy interesante notar que la progresión de las escenas del encuentro con sus memorias antiguas va de la vista –pasando por el oído– al olfato. El sabor de los muffins que prueba, ya grande y consagrado, lo lleva (casi a la fuerza) a realizar el viaje a la casa de la infancia, al encuentro con su abuela (¿tía? ¿tía abuela?), y allí será el olfato el que finalmente lo devuelva a lo que parece el momento fundacional de su profesión, pero también un momento fundamental de su vida.

Iñaki Echeverría ya había publicado, con guión de Santiago Maisonnave y por la editorial manoescrita, otra obra fundamental, Negro el 10 (diez relatos encuadrados dentro del policial negro) y ya entonces hacía gala de una gran capacidad narrativa. Quien se acerque con Muffins por primera vez a su obra quizás no sospeche que además Iñaki es un gran humorista gráfico, que publica sus paneles en el suplemento Sátira/12 y sus tiras también en ese suplemento (Antes “Piso compartido”, ahora “Y vos… ¿de qué te reís?”) y en la revista Fierro (Ahora “En línea directa”, antes “Ciudad Jardín” con Jorh).

Muffins muestra a Iñaki Echeverría en pleno fervor creativo, con un manejo soberbio de su personal dibujo, puesto siempre al servicio de la narración, pero también de la emoción. Una historieta breve, sí, pero para leer (o ver, o “lever”) más de una vez, para saborear en más de una ocasión.

Entrevistas al autor, aquí y aquí.

Hernán Martignone

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7 respuestas a “Muffins”, de Iñaki Echeverría – Editorial manoescrita

  1. Se vé interesantísimo, muy buen aporte lo voy a conseguir.

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