Sobre los finales y La ciudad de los puentes obsoletos, de Federico Pazos (2)

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Final de temporada

Veníamos hablando del aparentemente controvertido final de La ciudad de los puentes obsoletos, de Federico Pazos, y de los finales en general, de finales que cierran y de finales que supuestamente desbarrancan, de si hay que juzgar la obra por la forma en que concluye o de si es verdad que el “desenlace” arroja luz sobre “introducción” y “nudo”. El arte, se ha dicho a menudo, se diferencia de la vida porque el artista puede elegir en qué momento poner el punto final a su obra (dejemos de lado a los suicidas y las leyes de muerte digna), porque el final es parte buscada de lo que se hace, porque hacia allí se orienta muchas veces la búsqueda artística o porque allí podría verse el sentido de la búsqueda artística. En este punto hay que pensar en novelas, en cuentos, en películas, en artes narrativas; en la pintura quizás es más difícil determinar “principio” y “final”, aunque el ejercicio puede hacerse de todas maneras. Si pensamos en otras formas de arte narrativo, habría que decir que desde el reinado de Seinfeld en los noventa, y luego de Friends, estamos mal acostumbrados (nuevamente) a que todo relato cierre a la perfección, a que principio y final se toquen, a que todos los hilos de la trama (algo que viene de la Odisea de Homero, que pasó por Borges y que Trillo también solía mencionar) terminen formando un tejido (“texto” significa “tejido”), una figura en el tapiz. Aunque tal vez habría que ir a las fuentes, a la forma clásica del cuento: a Poe, pasando por Cortázar, y saltar (de género) hasta llegar a la creación de Alan Moore y Dave Gibbons, Watchmen (y me salteo a propósito las rupturas con esa idea de “final perfecto”, redondo, que las hay).

Pero si nos mantenemos en el ámbito de las series de televisión, podemos ver que también molestan algunos finales, como el controvertido de Lost o el insuperable y también controvertido de esa genialidad que fue Twin Peaks, de David Lynch, quien aseguraba que no quería revelar la resolución del crimen, que no quería mostrar nunca quién mató a Laura Palmer. El final de La ciudad de los puentes obsoletos de Fede Pazos rompe con el eterno pedido de los seguidores de esas series, que podría resumirse en “no me cuentes, no me cuentes”. Un final anti-spoiler. Un final que parezca no decir nada sobre la trama, un final que pueda contarse con total tranquilidad. Incluso en las tiras cómicas, definidas prácticamente en términos de “remate”, eso se ha visto alterado ya desde Fontanarrosa y Maitena, que ponían verdaderos remates en casi todos los cuadritos, y no solo en el último. Los remates de las tiras de Gustavo Sala siguen siendo perfectos, finales que están contenidos en la primera viñeta, que es lo que quizás el lector espera de una tira. Pero Rep y Liniers (por nombrar un par) han sabido mostrar que incluso en la tira cómica esa era –en muchos casos– una preocupación vana. Porque, después de todo, si no queremos terminar mal, siempre tenemos que preguntarnos qué es un final. Parafraseando a Groucho Marx: “Estos son mis finales. Si no le gustan, tengo otros”. 

Ricardo Piglia, en ese texto de lectura casi obligatoria (y de seguro disfrute) que es “Nuevas tesis sobre el cuento”, en su colección de perfectos ensayos Formas breves, rescata una historia que contaba la escritora norteamericana Flannery O’Connor: “Tengo una tía que piensa que nada ocurre en un relato  a menos que alguien se case o mate a otro en el final. Yo escribí un cuento en el que un vagabundo se casa con la hija idiota de una anciana. Después de la ceremonia el vagabundo se lleva a la hija en viaje de bodas, la abandona en un parador de la ruta, y se marcha solo, conduciendo el automóvil. Bueno, esa es una historia completa. Y sin embargo yo no pude convencer a mi tía de que ese fuera un cuento completo. Mi tía quería saber qué le sucedía a la hija idiota luego del abandono”. Piglia comenta entonces que “Los finales son formas de hallarle sentido a la experiencia. Sin finitud no hay verdad”, para más adelante afirmar algo que viene muy a cuento respecto de La ciudad de los puentes obsoletos: “La experiencia de errar y desviarse en un relato se basa en la secreta aspiración de una historia que no tenga fin; la utopía de un orden fuera del tiempo donde los hechos se suceden, previsibles, interminables y siempre renovados”.

Literatura no dibujada

Aprovechando la mención de Piglia, cabe señalar que en la literatura argentina tenemos varios ejemplos ya clásicos para ilustrar esta discusión acerca del “final”, del cierre perfecto. Sergio Chejfec, ese tan particular escritor argentino que residió quince años en Venezuela y actualmente vive en Nueva York, opinaba en una entrevista sobre los finales de las novelas de César Aira, finales que para muchos “derrapan” y de alguna manera “arruinan” el desarrollo de sus magníficos argumentos: “A Aira no puedes leerlo en términos de literatura convencional, clásica. Lo que más me interesa de él es una faceta que no suele percibirse a simple vista: una faceta trágica. Concluye sus libros como para que se autodestruyan, porque básicamente es lo que siempre acaba ocurriendo en sus tramas. No tanto para malograrlas, al contrario, es como una de esas cintas de Misión imposible: este mensaje se autodestruirá… La hecatombe con la que acaba cada una de sus novelas hace que se autodestruyan los pilares sobre los que esa narración ha sido construida”. De malograr el final, podríamos decir, Aira hace un principio. Y para volver al mundo de las viñetas, cabría pensar y volver a leer también las geniales historietas con guiones de Ricardo Barreiro, a quien se le criticaban sus finales “anticlimáticos”, a quien se le endilgaba a menudo el no saber concluir sus maravillosas creaciones (salvo, casualmente, la titulada Ciudad).

Pero ya antes de Aira otro gran escritor argentino, Macedonio Fernández, venía socavando los fundamentos de lo que normalmente entendemos por un “final” hecho y derecho. Macedonio (a quien recordamos siempre en los dibujos de Luis Scafati para la adaptación a historieta  realizada por Pablo De Santis de La ciudad ausente, de Ricardo Piglia) está entonces en esa misma línea, según se desprende del análisis que lleva a cabo Patricia Somoza en el Diccionario de la novela de Macedonio Fernández: “El problema del final ha sido básico para la conformación de la teoría de la novela. Desde allí define Lukács la historia del género: el final, responsable del sentido, es también fundamento de la forma. A Bajtín, en cambio, el final le permite diferenciar la novela de la épica: mientras que la épica puede acabar de manera arbitraria por representar un pasado clausurado, en la novela el final se constituye en problema; el interés por saber qué va a pasar y cómo va a concluir todo es característico de este género, que abreva en lo inacabado del presente y especula con el no saber. Macedonio participa, a su modo, de este debate: durante cuarenta años escribe una  novela interminable, infinita, inconclusa, mal terminada o ‘sin final’; y, por eso, antinovelística. En Museo de la Novela de la Eterna todo está contado para que nadie espere el final. Allí no hay sorpresas, el sentido no se cierra al terminar. El lector no tiene expectativa del desenlace, sólo espera continuar con la lectura, y que el final, esa muerte simulada, no llegue nunca. Macedonio le ofrece un relato en presente, un tiempo no narrativo, el tiempo de la escritura que es pura duración”. Maravillosa ambigüedad del lenguaje: “todo está contado para que nadie espere el final”. Es el famoso “no esperaba que terminara así…”. Pero acá está dicho en otro sentido, claro: no esperar el final porque no tiene importancia; renunciar al sentido dado por el cierre, por las últimas palabras, por las últimas acciones. Como en el final kafkiano por excelencia, la resolución puede tomar la forma de una postergación eterna o infinita. Y eso, también, es un final.

Cuando al punto final de los finales

Pablo De Santis, además de ser autor de un bello texto sobre los comienzos titulado “Todo comienzo esconde un arte”, escribió una novela magnífica que es a la vez un gran tratado ficcional sobre la finalización, sobre las conclusiones: El buscador de finales –con el inolvidable Míster Chan-Chan–. Allí escribía: “Había que aceptar los finales, como se aceptaban los principios”. Y uno de los personajes decía: “Es que el final lo es todo”, y señalaba un cartel (o cartel-poema) que había en la redacción en la que trabajaba, que rezaba:

EL FINAL, AMIGO, ¿LO VES?

ES LO QUE VIENE DESPUÉS

DEL HABÍA UNA VEZ

A mí me gustan los finales cerrados, y la pregunta que cabría hacerse es: ¿a quién no? (Ya sé que hay muchos a los que no les  gustan, era un chiste). Pero que no parezca, por favor, que estoy despotricando contra el policial ni contra ninguna otra forma de “suspenso” o de relato, cualquiera que sea, que construye su trama apuntando al desenlace. Tal vez habría que sumergirse en profundos y densos debates acerca de si somos una generación en busca de sentido, acerca de si la dictadura cortó algo que  ya nunca será igual (robó el sentido, precipitó el final), acerca de si las formas artísticas (o los finales) son esto o aquello. A veces, creo, hay que pensar que no todos quieren ponerle un moño a la historia que han decidido contar (o que les ha tocado contar), que no todos quieren “lucirse” de acuerdo con los cánones clásicos, y ese sería el caso de Federico Pazos en su historieta (novela gráfica) La ciudad de los puentes obsoletos. En esa suerte de alegoría, el autor evita –en el final– brindar la clave de lectura o de sentido aunque, como afirma en la entrevista citada, puede deducirse de la propia trama, de las maravillosas escenas que nos regala con su arte de narrar.

El final –pareciera decir Pazos–, el final en sentido clásico, el final que cierra, es el más obsoleto de los puentes. El final no nos lleva a ningún lado. Como diría (o cantaría) Jorge Drexler (y en parte lo compartiría Homero también), hay que poder “amar la trama más que el desenlace”.

Hernán Martignone

Un agradecimiento especial para Damián Picardi, que me prestó en su momento el libro.

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