Bienvenidos a la historieta (2) – Las historietas de mi vida

Por Mariela Marino

¿Sabés, Hernán, que…?

En los ‘70 yo era chica. Ocasionalmente en casa estaba el diario La Nación. Bastaban esas pocas veces en que el diario aparecía en la mesa del desayuno para que yo me encariñara con la última página, “la de los chistes” y dentro de esa página, mis ojos niños buscaban a dos en especial. El de más arriba, de un único y fulminante cuadrado: Trudy. Trudy era una mujer inteligente. Un ama de casa que lidiaba con su marido, con su hijo, con su madre, con el gato, con ella misma, pero creo, así a la distancia, que lo hacía todo bastante bien. Más abajo en la página, una tira para Quintín, la versión setentosa del vigente y amarillento Homero Simpson, que era una apología al mínimo esfuerzo y a vivir de los demás. Ambas tiras tenían autor extranjero, y eso, a esa edad, no sé por qué, me extrañaba.

Si no me falla la memoria, tiempo después apareció Rep ilustrando una página entera de una revista. Y eso fue genial. Porque me divertía, porque tenía color y fantasía, porque me transportaba a un mundo de montañas y caminos de cornisas sumamente seductores en los que los protagonistas vivían situaciones desopilantes o de todos los días. 

Más de adolescente conocí a Quino. Y eso fue la gloria. No sólo por la fabulosa, querible y filosa Mafalda, sino también por todos esas reflexiones profundísimas y simpáticas dichas por personajes tantas veces narigones, tantas otras pelados, siempre sabios que hemos visto recortadas y pegadas desde consultorios a carnicerías. Chapeau, de puño y letra, dije cuando leí, no sin pesar, esa carta de despedida temporaria de su página en Clarín, no hace tanto.

Pero por fortuna la misteriosa Buenos Aires nunca nos deja huérfanos de sueños, pensamientos y viñetas. Silenciosamente, sobre un tablero, venía gestando en sus entrañas a un Tute multifacético, generoso y con una capacidad de observación de la condición humana increíble. Lo espero cada domingo en el diario que ahora sí compro yo sin falta y con regularidad. Y me ahorra terapia y me saca halagos.

Y si de observación se trata no puedo no nombrar a otra genia: Maitena. Tan gestuales, tan expresivas, tan reales sus mujeres dibujadas,  que no son menos que un poco de todas nosotras, las que leemos del otro lado y nos reímos, o lloramos.

Capítulo aparte, y estival, se llevan Archie, la Pequeña Lulú, Patouruzú e Isidoro. Literalmente los devoraba en vacaciones, yendo y viniendo del local de canje de Miramar con ejemplares gastadísimos y blanditos, con olor a viejo, con perfume a diversión y a siesta. Gaturro y Matías me llegaron a través de mis hijos mayores, y entonces el cariño hacia estos personajitos me vino primero como por contagio y luego por su talento genuino.

En los años ´70 yo era chica. Me crié bien gracias a los afectos fundamentales de carne y hueso. Pero sin duda, crecí mejor gracias a esos otros afectos mágicos y dibujados que dejaban salir, libres y desprejuiciados, disparadores que, aún hoy, me siguen llenando de oxígeno. Y todo esto, Hernán, seguro que no lo sabías…

Mariela Marino (arquitecta y docente de Historia de la Arquitectura en la UBA)

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