Heródoto, “300” de Frank Miller, Oesterheld y Breccia – La batalla de las Termópilas

Historia de una derrota, triunfo de la historia

Heródoto, considerado desde antiguo por Cicerón como “padre de la historia”, sostiene –al comienzo de sus Historias– que escribe para que “las acciones grandes y admirables de griegos y bárbaros no dejen de recibir la gloria debida”. ¿Cómo no hablar, entonces, de la gesta de las Termópilas, en 480 a. C., durante la segunda Guerra Médica? Derrota griega, sí, pero de un puñado de valientes contra el mayor ejército que se haya congregado nunca (Historia VII, 184-187), superior incluso al mítico contingente que invadió Troya para rescatar a Helena y tan grande que seca los ríos a su paso (diez mil de ellos recibían el nombre de “inmortales” porque, si uno caía, otro era asignado en su lugar, por lo que su número nunca mermaba). Heródoto  llega a decir que son cinco millones los persas (con sus aliados) que marchan hacia Grecia, aunque menos de la mitad soldados; el resto, las mujeres y los sirvientes que los acompañan. El cálculo aceptado por los historiadores modernos daría unos 280 mil combatientes,  cifra de todos modos elevada: los exorbitantes números de Heródoto se deben a que considera que, como los griegos, los persas debían llevar cada uno un sirviente y a que cada pueblo que estaba bajo el dominio del rey persa Jerjes había aportado la cantidad ideal, la esperada teóricamente, de soldados. Aunque historiador con un método de trabajo bastante “serio”, Heródoto –que inmortaliza el episodio en Historia VII (201-238)– no sólo hace historia, sino también épica y tragedia. De Homero toma la idea de que hay que contar (cantar) temas grandiosos porque generan grandes obras, junto con el modo de construir ciertos personajes (Leónidas, jefe espartano) como héroes épicos. Esquilo será su modelo en lo que a tragedia se refiere (habrá que leer Persas de Esquilo para ver a un Jerjes derrotado), género del que tomará más de un recurso y del que captará a la perfección lo que damos en llamar “lo trágico”.

Miller, que leyó a Heródoto, lo recrea bastante libremente en 300, quizás porque su verdadera musa disparadora fue la vieja película de Hollywood sobre el hecho, como tan bien cuenta Sasturain en el prólogo a la edición argentina de Gárgola (esa huella cinematográfica se ve sin duda en el formato apaisado de la novela gráfica). El autor de Batman: the Dark Knight Returns y Ronin elige como punto de vista un plural espartano y como centro narrativo la figura de Leónidas, mientras que en Heródoto hay un énfasis mucho mayor en el lado persa. El historietista da al contrahecho Efialtes (o Epialtes, según el dialecto de Heródoto), el traidor, un papel importante y un aspecto monstruoso –para nada histórico– quizás a partir del gigante mítico del mismo nombre o, por qué no, de la monstruosidad de su traición; el historiador lo menciona poco y parte del papel de “informante” que tiene Efialtes en el cómic corresponde en la realidad a Demarato, un rey espartano exiliado, aliado con los persas. Además, Heródoto propone otra versión de la traición (los informantes eran Onetas y Coridalo), aunque a su juicio “no merece credibilidad alguna”. 

Miller, por otra parte, hace de Jerjes un afeminado que se cree un dios y que aprecia el valor de los espartanos, cuando en Heródoto el persa se muestra siempre descreído de la capacidad guerrera de sus enemigos. Sólo uno se salva de la masacre, según Miller: Dilios, el tejedor de relatos, herido en un ojo, es enviado a Esparta por Leónidas para contar con aladas palabras la “victoria” espartana; dos espartanos (VII, 231-232) habrían logrado, en la realidad, salir de las Termópilas, uno porque lo habían enviado como mensajero a Tesalia, y otro a causa de una supuesta enfermedad ocular (que se volvería una típica excusa de los desertores, como se ve en la comedia Ranas de Aristófanes, v. 192), pero sufrirían el desprecio de su gente en Esparta. Por último, la iniciación de Leónidas refleja muy bien el ritual de los criptos, los efebos espartanos que eran apartados de la sociedad para que se hicieran hombres (y que se asocian, como en el flashback de 300, con la licantropía).

También Héctor Germán Oesterheld (con los inolvidables dibujos de Alberto Breccia) recreó el heroísmo espartano en el último episodio de Mort Cinder: más fiel a Heródoto y, paradójicamente, más imaginativo que Miller, el argentino comienza la historia con una escena que es prácticamente una puesta en abismo: Ezra y Mort miran una imitación de un vaso griego que representa la batalla de las Termópilas, y esa imagen da origen al relato, que combinará dibujo con palabra, en una doble recreación del mundo griego. Oesterheld otorgó a Mort el honor de ser Diéneces, el mejor de los soldados de Leónidas (aquel de la frase que decía que si los persas cubrían los cielos con sus flechas y oscurecían el sol, entonces “mejor: pelearemos a la sombra”, al que Heródoto destaca como guerrero en Historia VII, 226), y transformó a otro de los combatientes más destacados (Alfeo) en poeta, para que, después de creerlo muerto y verlo abrir los ojos, Mort dijera: “Quise pensar en algún viejo verso, para decírselo, pero no recordé ninguno”. El guionista tal vez recordaba algún hexámetro (aunque tuvo la sutileza de no poner ninguno en el texto) de Aquiles dirigido a Patroclo, o pensaba en aquel dístico elegíaco, tal vez socarrón, de Arquíloco, en el que un soldado abandona su escudo –acto antiheroico por excelencia– para salvar su vida, cosa impensable para los espartanos, cuyas mujeres dictaban a sus hombres, a sus guerreros: “Vuelve con tu escudo o sobre tu escudo”. (O tal vez pensaba en alguno de los fragmentos de Tirteo, el gran poeta espartano). Tampoco incluyó el epitafio que recuerda el sacrificio espartano: Caminante, informa a los lacedemonios que aquí yacemos por haber obedecido sus mandatos, aunque el espíritu de esa frase (también utilizada por Pablo De Santis en uno de los capítulos de Justicia poética) pervive en boca del Leónidas de HGO: “Esparta ordenó defender las Termópilas. Eso haremos los espartanos. Los aliados quedan en libertad de irse si lo desean”. (Ecos de esta gesta y de su relato resuenan en el poema de Carlos Obligado sobre la Vuelta de Obligado: “Si en defensa del paso, baterías ligeras / Tuvo el jefe argentino que oponer a la escuadra, / No apocó a sus valientes esa lucha imposible (…) Del arrojo tremendo, del martirio sin tacha, / Diga sólo la Historia: “Fueron mil defensores, / Y quinientos, aquí, para siempre descansan…”).

Oesterheld conserva de Heródoto (Historias VII, 222) la mención a los aliados que permanecieron con los espartanos (tespios y tebanos, aunque estos últimos por la fuerza), así como también la lucha por el cadáver de Leónidas. HGO dio relevancia además a otro de los personajes herodoteos, el adivino Megistias, cuyo epitafio (Historia VII, 228) reza:

Este es el sepulcro del célebre Megistias (a quien cierto día

mataron los medos, después de atravesar el río Esperqueo),

un adivino que, aunque bien sabía que en aquellos momentos las Keres acechaban,

se negó a abandonar a los adalides de Esparta.

Cuando, en Mort Cinder, Leónidas le dice que le había ordenado volver a Esparta porque su oficio es la profecía y no la guerra, el adivino le responde: “La profecía y la guerra se encuentran en la muerte. ¡Me quedo!”. Se queda a morir, sí, pero -como dirá Mort- “En el calor del combate la muerte dejaba de ser muerte”. 

Hernán Martignone

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Una respuesta a Heródoto, “300” de Frank Miller, Oesterheld y Breccia – La batalla de las Termópilas

  1. Isidoro Reta dijo:

    Muy bueno esto!!
    Justo me había reencontrado con los espartanos cinderianos y millerianos.

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