Reseña de “Cabo por siempre”, libro colectivo en homenaje al Cabo Savino de Carlos Casalla (La Duendes)

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Capo por siempre

Allá por febrero de 2012 la editorial patagónica La Duendes publicaba el libro homenaje Cabo por siempre, dedicado al inmortal personaje del Cabo Savino (originalmente Sabino), del dibujante Carlos “Chingolo” Casalla. El Cabo lleva ya más de cincuenta años de vida sobre el papel de la mano de Casalla, que nació en Buenos Aires en 1926 (año de publicación de ese clásico de la literatura gauchesca tardía que es Don Segundo Sombra). El título del tomo remite a la idea expresada en el título de la entrevista “Treinta años de milico y ningún ascenso” que Juan Sasturain les realizara a Casalla y Álvarez Cao (uno de los guionistas del personaje): siempre en el escalafón de cabo, pero también siempre inolvidable y presente. El libro, de 106 páginas, se presenta como una antología con material muy diverso, entre el que se encuentra una serie de textos en prosa: una suerte de prólogo que resume la historia y las características del género gauchesco; una aproximación al debate sobre la “campaña del desierto” y un estudio sobre el estilo gráfico de Casalla, a cargo de Germán Cáceres; una biografía del artista, por Felipe Ricardo Ávila, y también una sección que recorre gráficamente la andadura del personaje a lo largo de su extensa carrera para mostrar sus diferentes etapas. Allí aparecen los dos libros que recopilan aventuras del personaje, uno editado por Caleuche y otro nuevamente por el sello La Duendes.

massaroli caboToda la primera parte del homenaje está ocupada por historietas humorísticas (salvo la de Carlos Martínez y SantiagoK) como las realizadas por Osvaldo Laino, Toto (con sus característicos personajes esféricos), Alfredo Grondona White, Oenlao y ambos Defossé, Gaspar o Alejandro Aguado a través de su personaje Jeremías, entre muchos otros. Vemos, además, distribuidas a lo largo del libro, ilustraciones de maestros como Quique Alcatena, Cacho Mandrafina y Horacio Lalia. Tras la primera sección, sigue otra con historietas de corte más serio. Allí brillan aproximaciones como la del siempre sorprendente E. H. Edmunds, en el límite del relato historietístico; las dos historias de Pablo Barbieri (con dibujos de Henry Díaz y NRG), que tocan tanto el registro reposado como el tono épico; la de José Massaroli (conocido por su adaptación a historieta de la novela Juan Moreira, de Eduardo Gutiérrez, entre muchas otras obras), con un doble homenaje a Savino y al Corto Maltés, desde el argumento pero también desde el apartado gráfico; o la de Serafín (autor de la ilustración de tapa), que rescata en parte (y sin parodia) el trazo fontanarrosesco del Inodoro Pereyra de la primera etapa. Otros relatos gráficos, como el de Santellán y Mendoza o el de Chelo Candia, vuelven a poner en escena la discusión ya mentada respecto de la “conquista del desierto” y de los conceptos de “civilización” y “barbarie”, centrales en la representación de la Argentina de finales del siglo XIX (aunque al parecer inagotable). También hay historietas de Mariano Antonelli, de William Gezzio, de Jorge Morhain y Omar Hirsig y de Ray Collins y Sergio Castro. El homenaje se cierra con una historieta del propio Casalla, “Fortín Esperanza”, que es una saga de la tira del personaje que se publica en el diario Río Negro.

Aballay-afiche-cristianmalleaEl abordaje de la gauchesca, realizado en esta antología por autores noveles y consagrados, nos plantea así otro debate, que es el de la vigencia de un género (para muchos) equivalente al western norteamericano y que indudablemente sirve (o puede servir) para problematizar cuestiones más que interesantes respecto de la historia argentina y para pensar las posibilidades (concretas y reales, según se ve en el material publicado) de hacer historieta de calidad con los elementos que constituyen sus señas de identidad. Y esto se ve en otros medios o lenguajes, como el literario o el cinematográfico, que vuelven y volvieron a contar no solo el Martín Fierro (El guacho Martín Fierro de Oscar Fariña dentro de la literatura y en un tono que no es necesariamente el de la parodia, así como el dibujo animado que se basa gráficamente en las ilustraciones de Fontanarrosa para el séptimo arte), sino también historias poco o nada frecuentadas, como sucedió con la película Aballay, sobre el relato de Antonio Di Benedetto, Hay en nuestro país una gran tradición de historieta gauchesca (con cultores de la talla de, por ejemplo, Héctor Germán Oesterheld y Carlos Roume), como se ve muy bien en una nota de Javier Hildebrandt para la revista Comiqueando o en la página La historieta gauchesca. Un acercamiento teórico interesante puede encontrarse en varios capítulos (8, 9, 10 y 11) de La historieta argentina. Una historia de Gociol y Rosemberg (2000, Ediciones de la Flor). Y se trata de un espacio fructífero, a su vez, para la discusión académica y para la exégesis más detallada, como se aprecia en la ponencia presentada por Guillermo Alén en el congreso Viñetas serias . En el caso de Cabo por siempre, el aporte se da en diversos frentes y constituye una clara muestra de la actualidad del género y de la necesidad de seguir impulsándolo.

Aquí, el link al programa Continuará… de Juan Sasturain dedicado al Cabo Savino.

Hernán Martignone

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6 respuestas a Reseña de “Cabo por siempre”, libro colectivo en homenaje al Cabo Savino de Carlos Casalla (La Duendes)

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  2. Guillermo Alén dijo:

    Capo por siempre! Efectivamente es como decís, Hernán, el género gauchesco para muchos está es una especie en extinción, pero yo creo que hay muchísimas cosas que pueden hacerse todavía, y Aballay es un ejemplo espectacular. Una buena película sobre el gaucho Vairoleto, por ejemplo, creo que sería comercialmente viable y muy interesante.

    Y ni hablar de lo que queda por estudiar todavía, es todo un imaginario popular al que apenas le hemos rascado la superficie. La gente se sorprende cuando uno le dice que Oesterheld hizo gauchesca, que el Cabo Savino tiene más de 50 años o que acá hubo un género cinematográfico que hacía películas gauchescas iguales o mejores que muchos westerns clásicos, empezando por “Pampa Bárbara”, de Lucas DeMare, que para mí está entre las mejores diez películas de nuestro país.

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