“El Eternauta II”, de Oesterheld y Solano López – La vuelta del Eternauta y el Martín Fierro

tapa eternauta IIEstamos en una época de revisión de los últimos años de la vida y de la obra de Héctor Germán Oesterheld. Ya hay filmada una serie que va a estrenarse en la TV Pública (Canal 7 de Argentina) en abril de 2013, Germán: últimas viñetas, que visita esos años previos a su desaparición, y en 2012 se publicó un libro, Historieta y resistencia. Arte y política en Oesterheld (1968-1978), de Laura Cristina Fernández, que analiza las obras comprometidas de HGO en ese período. Hace más de treinta y cinco años, para diciembre del oscuro 1976, comenzaba en la Argentina, en el Libro de Oro de Skorpio N° 2, la publicación de la segunda parte del Eternauta, a cargo del mismo equipo creativo de la primera: los inmensos Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López. Muy poco tiempo después, el guionista desaparecía secuestrado por la Dictadura y el dibujante partía al exilio para salvar la vida de su propio hijo. Y esta historieta, que considero una lección artística –plagada de ambigüedades y contradicciones, de hondos matices– acerca de cómo pueden y deben encararse la aventura y la alegoría, sería a lo largo de los años dejada de lado y desmerecida, muchas veces por su contenido “montonero” y otras tantas por su “traición” a la perfecta historieta primigenia El Eternauta (1957-1959). Sasturain dirá que “el Oesterheld burgués escribe mejor que el comprometido”; Gociol y Rosemberg, que “Las 204 páginas de esta parte perdieron la magia de la primera aventura”; De Santis, que “Ni La guerra de los Antartes ni la segunda parte del Eternauta consiguen la calidad de la historia original de Juan Salvo”. Aquí, una aproximación desde el costado artístico y compositivo, pero sobre todo intertextual, a esta historieta tan de su época, tan intemporal, con un Eternauta (Juan Salvo) que pierde el traje aislante, pero no las mañas. 

Ida y vuelta

la vuelta martin fierroEn 2004, durante la fiebre extendida del renacer de la historieta argentina, “el gran diario argentino” publicó los veinte tomos de su Biblioteca de la Historieta e incluyó entre ellos las dos aventuras de Oesterheld y Solano López. Ya antes, el mismo diario había dado a la imprenta, dentro de una colección de literatura argentina, el primer Eternauta, en un movimiento de reconocimiento a la historieta como un arte de categoría similar a la literatura y a esta historia en particular como texto canónico y necesario en una “serie” literaria que abarcaba toda la historia de nuestras letras. El Eternauta II llegaría, a su vez, precedido de un muy interesante prólogo del filósofo novelista José Pablo Feinmann que buscaba, ahora, justificar la grandeza de esta obra ligándola ajustadamente al texto nacional por excelencia: el Martín Fierro. Al igual que otros grandes libros de la historia de la literatura (el Don Quijote de Cervantes, el Fausto de Goethe, la Alicia de Carroll), el poema de Hernández constaba de primera y segunda parte, por lo que convenía también al supremo trabajo de Oesterheld y Solano esa doble conformación, esa naturaleza episódica. Pero Feinmann se detenía para su análisis en la primera parte, El gaucho Martín Fierro (“La ida”), al marcar las similitudes entre ambas piezas. ¿Cuál será, entonces, la secreta o abierta relación entre las “secuelas”?

Segundas partes

Difícil olvidar aquel poderoso comienzo, lleno de tópicos y de augurios, del retorno de Martín Fierro, con el maravilloso desafío de “que voy en esta ocasión, / si me ayuda la memoria, / a mostrarles que a mi historia / le faltaba lo mejor”. Ahí está, prácticamente, todo. “La ida” terminaba de manera abierta aunque contundente, con la marcha de Cruz y Fierro a las tolderías en un acto de rebeldía y de ruptura supremo, pero luego “La vuelta” corregiría ese primer impulso y buscaría una concordia, algo “mejor” para contar al respecto. El Eternauta, en cambio, que había tenido un final redondo (circular) y, para casi todos, perfecto, volvía sin concesiones con una frase terrible, amarga, durísima, en el momento en que a Juan Salvo la memoria por fin empezaba a “ayudarlo”: “También yo recuerdo ahora todo… Esto es peor… ¡¡¡Mucho peor!!!”. Reescritura de algún modo paródica y subversiva, el Eternauta II (in)augura lo peor (en el sentido de “lo más terrible”) de la historia y de la Historia.

MartinFierro fontInmediatamente después, Fierro hace referencia a su estadía entre los indios y dice que “vuelve del desierto”. Y “desierto” es, precisamente, la palabra que usa Germán, el Oesterheld de la aventura y narrador del horror, para definir lo que rodea la casa de los Salvo, único resto de “civilización” en ese paisaje postatómico (la ausencia de caballos y vacas marca, por la negativa, la alusión al campo argentino como espacio simbólico de la aventura). Claro que, en este caso, ese desierto no estará poblado de “salvajes indios”, enemigos de la civilización y encarnación de la barbarie para Fierro, sino por los seres en apariencia primitivos de las cuevas a los que hay que salvar de la brutalidad de la poderosa “autoridá” corporizada en los Ellos, cuya cadena de obediencia debida forman Manos, Zarpos y Gurbos. La inventiva de HGO sigue siendo poderosa, y el dibujo siempre expresivo y detallado de un incómodo Solano López es tal vez más poderoso aún.

En las siguientes estrofas, Fierro explicita que su historia va dirigida tanto a pobres como a ricos y, anticipando que “mucho tiene que contar / el que tuvo que sufrir”, pide la confianza del auditorio, “pues debe crerse al testigo / si no pagan por mentir”. En el Eternauta II, la figura del testigo está representada por don Germán, que va contando las experiencias vividas junto a Juan Salvo desde la ausencia total de identificación con la “causa” del pueblo de las cuevas hasta su disposición final al sacrificio, tan cara a la ideología montonera, para transformarse al fin de mero testigo en protagonista, en agente. El propio Feinmann señala, en su libro La sangre derramada, cómo esa idea del sacrificio revolucionario es heredada por Montoneros en parte de la agrupación Tacuara, pero en parte también de la figura señera del Che, con la muerte como horizonte final de la guerrilla y del guerrillero. A partir de ahí se explica, también, el reemplazo parcial del héroe “grupal” o “colectivo” de la primera entrega de la serie por el de un líder guevarista y visionario (imposible soslayar “esa boina calada al estilo del Che” que porta indefectiblemente don Germán y la capacidad adquirida por el Eternauta de ver lo que el resto no puede ver).

Arte y compromiso

Lauri tapa libroY llegamos, por fin, a uno de los momentos clave de la obra de Hernández, que representa a la vez el fondo de la de Oesterheld (y excluyamos aquí a Solano, que estaba en desacuerdo con el contenido político de esta continuación). Siempre en las estrofas introductorias de “La vuelta”, Fierro hace una declaración artística que casi se volvería el estandarte y caballito de batalla de gran parte de los artistas de la década de 1970: “Yo he conocido cantores / que era un gusto el escuchar; / mas no quieren opinar / y se divierten cantando; / pero yo canto opinando, / que es mi modo de cantar”. Pensemos que ya desde los sesenta, Oesterheld se había volcado parcialmente a la escritura de guiones cargados de indirectas y directas en referencia a hechos de la actualidad política del momento, en los que perseveraría también en los setenta: las biografías del Che y de Evita, La guerra de los Antartes, Mort Cinder, 450 años de guerra contra el Imperialismo y la versión, junto con Breccia, del primer Eternauta, que agregaba a la clásica invasión el detalle de que las potencias del primer mundo entregaban los países “subdesarrollados” a los invasores, para salvarse. Además, el debate entre aquellos que defendían y practicaban una literatura “social” preocupada por el devenir histórico y aquellos que se enfrascaban en “juegos intelectuales” vacíos de contenido pero llenos de belleza formal era moneda corriente, y se encontraban todas las variantes y grados de participación. Paco Urondo, Rodolfo Walsh, Julio Cortázar, Ernesto Sábato y el propio Che Guevara vivían esa tensión entre la escritura y la lucha, esa guerra de guerrillas entre armas y letras; Borges, con su desparpajo habitual, hacía también su juguetona intervención en la discusión en pleno 1970: “Sólo quiero aclarar que no soy, ni he sido jamás, lo que antes se llamaba un fabulista o un predicador de parábolas y ahora un escritor comprometido. No aspiro a ser Esopo”. Y a su vez dicen que dijo Paco Urondo: “Tomé las armas porque busco la palabra justa” (en alusión a “le mot juste” de Flaubert). En el inicio del Eternauta II la elección de Oesterheld no deja lugar a dudas. Si en el final de la primera parte el guionista-personaje sugería que la invasión tal vez podía evitarse con la escritura y la publicación de lo relatado por el Eternauta (recordemos el paralelo con el final de “La ida”: “He relatao a mi modo / males que conocen todos / pero que naides contó”), aquí queda claro que la única solución la dará la acción, aunque esa acción implicará también escritura, pero de un tenor distinto, una escritura con “opinión”. Primero, en vez de sentarse a escribir, Germán decide encarar a Salvo para aclarar las cosas; después, cuando su mundo ha dejado de existir a causa de una violencia que le es impuesta desde afuera, se vuelve un combatiente más de la resistencia. Y esa tensión queda atestiguada doblemente, además, en el sutil desdoblamiento que sufre la figura del autor en la ficción, que puede identificarse a la vez con Germán (letras) y con el Eternauta (armas), y en el Oesterheld de carne y hueso, que sigue produciendo sus increíbles, insuperables guiones y continúa con la lucha armada desde la clandestinidad.

Abriendo el paraguas

Germán, últimas viñetas 3-3¿Qué me habilita a hacer una lectura de este tipo, en parte biografista y en parte intertextual? Hay, respecto de lo primero, una razón lógica: el hecho de que el autor se incluya en el relato con nombre y apellido. Si bien hay que tener en cuenta que todo relato de carácter ficcional (o incluso no ficcional) opaca el referente real, transformándolo aun a su pesar, el que sea posible identificar directamente la voz del autor con la voz de un personaje crea una  (al menos) justificada ilusión de identidad, de referencialidad. Y por más que Oesterheld fingiera no haberse dado cuenta de que la ideología se le estaba filtrando en su trabajo (como le aseguró a Solano cuando éste le pidió explicaciones sobre el contenido tan obviamente político), se deja ver, detrás de la gran parábola construida, que se está hablando en clave, para evitar la censura, acerca del tiempo presente (ya ahora, para nosotros, pasado). Tenemos, respecto de lo segundo, una justificación formal, ya desarrollada, y otra historieta del propio Oesterheld, “La nave negrera” de la serie Mort Cinder, que me parece una genial reescritura en miniatura del Martín Fierro, con una condensación que nos hace suponer un manejo maestro de la obra hernandiana y la capacidad de refundirla de manera crítica y creativa (borgeana), pero también de manera trágica, ya que la separación final de Fierro y sus hijos abre la esperanza al futuro, mientras que en el Eternauta II la familia de Juan Salvo morirá porque ya no es posible decir una cosa y hacer otra.

cheChe Borges

Por último, la (no tan) imposible combinación de Borges y de Guevara da pie a pensar en una reinterpretación “subversiva” del Martín Fierro de parte del guionista. Admirador de los textos de Guevara, a quien considera el mejor escritor argentino (y casi en el mismo plano coloca a Borges y Walsh, según se lee en la entrevista que le hicieron Trillo y Saccomanno en 1975), Oesterheld impondrá a su héroe (rebelde a causa de circunstancias externas, como Fierro) los modelos de sacrificio aprendidos de la lectura del Che. Al mismo tiempo, verá en él una violencia, engendrada por la violencia de los de arriba, pero que sería intrínseca al personaje, del mismo modo que para Borges es propio de Fierro el impulso de derramar la sangre ajena, aunque Hernández lo haga decir lo contrario en el famoso pasaje de “la sangre que se redama / no se olvida hasta la muerte”. En “El fin”, Borges realiza su gran relectura de Fierro como un hombre hipócrita y violento, un hombre que ha dado a sus hijos consejos “que no están de más”, pero que, en última instancia, no le cabe a él mismo cumplir. Otra vez, aparece esa estrecha (estricta) relación entre decir y hacer, central para entender la figura del Che y las décadas del sesenta y del setenta: una dicotomía inseparable que para Oesterheld se traduciría en duras críticas a nivel personal y artístico y que le costaría, en última instancia, la vida.

Hernán Martignone

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6 respuestas a “El Eternauta II”, de Oesterheld y Solano López – La vuelta del Eternauta y el Martín Fierro

  1. El Sudaca Renegau dijo:

    lo parió…

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