Robin Wood y el hombre solo (por Javier Hildebrandt)

wood fotoUn hombre solo

Por Javier Hildebrandt

(Esta nota fue publicada originalmente en la revista Sudestada nº 52, septiembre de 2006)

Procurar un abordaje de la obra de Robin Wood es una tarea poco menos que titánica. Todo en la obra, y en la vida, de este guionista cosmopolita parece exagerado, inabarcable, pleno de barroquismos. ¿Cómo hacer para analizar una producción que abarca miles y miles de guiones, que tocan casi todos las temáticas y géneros conocidos? El sello distintivo de Robin Wood pareciera ser una constante inquietud, un sinfín de idas y venidas, marchas y contramarchas, vueltas y revueltas. Podríamos aventurar, por ejemplo, que su escritura se basa en una prosa florida, recargada, con largos bloques de texto que otorgan marco y clima a la acción de la viñeta, pero ¡qué decir entonces de historietas como Merlín, o la actual etapa de Dago, donde los bloques de texto han desaparecido casi por completo, y la cantidad de cuadros por página, reducidos drásticamente? Wood carga también con esa especie de mantra de ser “el guionista estrella de editorial Columba” (con todas las polémicas y desacuerdos que ha generado esa editorial en nuestro país); pero también lo encontramos escribiendo una historieta para la organización Transparencia Internacional, Isabella, historia de un fantasma, publicada en el Paraguay con el objetivo de denunciar la corrupción existente en ese país. Esta permanente inquietud, esta intencional no-alineación con ningún estilo, género ni corriente de pensamiento es la que genera desconciertos y sospechas entre algunos teóricos, tan caros al encasillamiento: por eso su trabajo ha sido tan criticado y relegado al status de “literatura de folletín”, como si para escribir una buena historia se necesitara ser vanguardista. Mientras tanto, Wood gana el Yellow Kid, uno de los máximos galardones que se les otorgan a los historietistas, y a nadie parece importarle… 

Es claro, entonces, que la obra de este autor imposible, que a los 12 años trabajaba como obrero de la ruta Transchaco en el noroeste argentino y en los descansos escribía cuentos para concursos literarios (y los ganaba), es un gigantesco poliedro de innumerables aristas. Tomar una de ellas es dejar de lado otras cientos interesantes, diferentes, hasta contradictorias. Pero como el espacio y el tiempo del que disponemos son limitados, vamos simplemente a tratar de definir alguna constante entre las múltiples variables del universo woodiano, y explicar su enorme popularidad entre lectores de distintos segmentos.

savareseHay algo que nos simplifica la tarea: el propio Wood ha admitido el uso de una misma fórmula para muchos de sus guiones (en rigor a la verdad, ni hace falta que lo diga: cualquier conocedor de su obra sabe que ha escrito tantísimas veces la misma historia). Veamos el caso de Savarese, una de sus creaciones más recordadas: este policial arranca en la Italia de principios de siglo XX, con un pobre niño, Giovanni, desamparado luego del asesinato de toda su familia. Sin nada que perder, se embarca hacia los EEUU, donde vive las penurias y sinsabores del inmigrante. Con una flacura y una tristeza magistralmente retratadas por Cacho Mandrafina, el niño persigue un único objetivo: volverse policía como su mejor amigo y terminar con la mafia que asola la empobrecida Nueva York. Savarese es la historia de un paria, un chico que se hace hombre a los tumbos, luchando contra la burla y la indiferencia del mundo, pero también contra sus propias limitaciones, sus propias miserias. Un hombre solo, que saca fuerzas de flaqueza para ganar la próxima batalla, aunque íntimamente sepa que la guerra está perdida.

markMark es otro hombre solo, el más solo de todos: luego de que una extraña niebla convirtiera a todos los habitantes del mundo en zombies, y solo unos pocos elegidos lograran sobrevivir, refugiados en una ciudad aislada, Mark queda como el único hombre vivo en el planeta, tratando de resistir tanto los ataques de los monstruos como los de la gente de la ciudad. Al igual que Savarese, Mark se mueve en un mundo hostil, aprendiendo a sobrevivir a la fuerza. Se vuelve un héroe, sí, pero por necesidad, porque las circunstancias así lo quisieron. Un héroe incierto, siempre al borde de perderlo todo.

el ángelEsta misma “fórmula Wood” es la que encontramos en varios de sus trabajos. En El Ángel, un hijo bastardo del Rey de España es abandonado y criado por mendigos, hasta que descubre la injusticia del mundo como ayudante del verdugo del Rey. En Kevin, el hijo de un Lord inglés descubre parte de su pasado en la lejana Marruecos. En Mojado, tenemos otra vez a un chico mexicano que ha perdido a su familia y emigra hacia los EEUU, con sus flacos puños como única defensa contra la adversidad. Y ni hablar de Nippur, cuyo destino de paria lo ha llevado a renunciar a reinados y placeres, a la búsqueda de ese camino de rumbo desconocido.

Esto es, quizás, lo más interesante de la obra de Wood: sus héroes no tienen nada que ver con sus pares norteamericanos; son incompletos, hijos descastados del poder, puestos en ese lugar por una situación desgraciada que no pueden revertir. Y aquí es donde reside el acierto del autor, porque estas características descolocan al personaje, dejándolo con un pie fuera del pedestal de la gloria. En síntesis: lo humanizan. Y lo hacen creíble, y querible, al lector, que lo siente cercano. En un memorable capítulo, Mark se encuentra con un zombie que, extrañamente, no lo ataca. Juntos se alían para combatir al verdadero enemigo: la locura y la codicia del hombre. Cuando se separan y Mark le estrecha la mano, el zombie piensa: “ahora sé que nadie podrá acabar con su raza y la mía, con la nuestra, la raza de los que aún podemos extender una mano”. En ese sentido su trabajo se emparienta con el de aquel otro guionista que hizo de la humanidad y sus valores el tronco de su obra: Héctor Oesterheld, a quien Wood siempre admiró profundamente. Y si nos fijamos, Juan Salvo también es un héroe por error, un hombre común movido a la acción para sobrevivir a la tragedia.

nippurSavarese, Mark, Mojado, Nippur, El Ángel… muchos personajes, pero apenas una cara más de ese gigantesco coloso que es su obra y el mismo Robin Wood. Porque no es difícil ver que quizás la única y exclusiva constante en su trabajo sea la de reflejarse a sí mismo, a su propia vida, siempre imprevisible. Una vida que va desde la selva paraguaya hasta la fría Dinamarca, pasando por la Argentina, el Himalaya y quién sabe cuántos lugares más. Robin Wood se reinventa a sí mismo todo el tiempo, y con cada transformación va moldeando al más complejo de sus personajes: él mismo. Siempre incierto, imprevisto, sin ataduras, libre. Un ave solitaria, como sus creaciones, que con el cantar (o el escribir) se consuela.

Javier Hildebrandt

Para obtener más información sobre Robin Wood, haciendo clic aquí.

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6 respuestas a Robin Wood y el hombre solo (por Javier Hildebrandt)

  1. El Sudaca Renegau dijo:

    Hay que tener arte para contar siempre la misma historia y resultar creativo, divertido, intrigante, incisivo, punzante, revisionista, superficial, grotesco, imprescindible. ¿Que se consuela?… cómo no… y nos ha consolado a tantos, el sumerio/mejicano/viajero del tiempo/siciliano/cosaco/pistolero/guerrero/mujer/investigador/inmigrante ilegal/legionario/druida/soldado/esclavo/vikingo/novio/ conquistador español/noble hematófago/basurero espacial/periodista/chino sobrenatural… en fin. (no me acuerdo de todo 🙂 )
    Un post a la altura del tipito. Gracias Javier.

    • Efectivamente, hay que ser muy creativo. Sófocles, en seis de sus siete tragedias, construye al héroe o la heroína trágicos de la misma manera (con las mismas reacciones ante situaciones también idénticas), y pese a eso cada tragedia es única (varían las motivaciones, la personalidad, el problema que enfrentan). Pero los héroes están cortados con la misma tijera, hechos sobre el mismo molde.

  2. oenlao dijo:

    tal vez todos los que crean historias siempre cuentan la misma historia, la suya.

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