Reseña de “Lo mejor de Carlitos y Snoopy”, de Charles Schulz – Sudamericana Debolsillo

Martin A. La ReginaLos pibes de Schulz

Así, cariñosamente, se refiere nuestro Oscar Masotta en su fundamental libro La historieta en el mundo moderno a los personajes de Charles Schulz que conforman el elenco de Peanuts. Pero no hay que olvidar que esta también es una tira sobre un perro (¿un beagle?), la ternura hecha can, como indican el título del libro que hoy comentamos y su ilustración de tapa. Y al cumplirse un nuevo aniversario de la muerte de Schulz el 12 de febrero, es un momento más que oportuno para volver a leer sus tiras, que tanta influencia ejercieron en la historieta mundial y en la argentina en particular, como en los casos de Rep (Mocosos) y Quino (Mafalda), magníficos herederos y continuadores de las “tiras de chicos” o kid strips. Y la ocasión es doblemente buena porque en 2013 Sudamericana (Debolsillo) publicó en la Argentina (aunque con traducción española) Lo mejor de Carlitos y Snoopy, un espectacular volumen de 288 páginas que recopila una muy representativa selección de las tiras cómicas presentadas en orden cronólogico y agrupadas por décadas, desde 1950 hasta 1990 inclusive (son cincuenta años de publicación ininterrumpida).

peanuts 1

La organización de la compilación no solo permite ver el cambio de estilo del dibujante a través del tiempo, sino sobre todo apreciar la altísima y sostenida calidad de la obra. En las primeras tiras cómicas Schulz muestra ese trazo más cerrado (con una gestualidad más contenida que la que usará después), que tan bien ha sabido captar y homenajear Daniel Clowes en Ice Haven, su genial “comic-strip novel”. La inolvidable galería de personajes compuesta por Charlie Brown, Snoopy, Lucy, Sally, Schroeder, Patty, Linus y el inefable Woodstock podrá cambiar de línea gráfica, pero jamás pierde las mañas. Esos chicos (y ese perro, y ese pajarito) viven en un mundo en el que los adultos no tienen cabida (jamás aparece uno dibujado, ni sus padres ni sus maestros) y eso, aparentemente, les da una total libertad. O casi total, digamos, dentro de sus características indelebles y una dependencia más o menos obsesiva (la idea fija) de ciertos objetos como una mantita, un piano de juguete o una cucha. 

La serie tiene un carácter en esencia realista (el béisbol, las preocupaciones infantiles, el colegio), pero también se permite romper con el verosímil sobre todo a través de Snoopy o de situaciones que atraviesan los propios chicos (aunque los pensamientos de las paredes de la escuela son sin dudas una joyita). La relación con el contexto histórico exterior a la tira es muy laxa, casi siempre difusa, pero es posible encontrar tiras que se refieren a alguna efeméride o holiday o al auge de la televisión en los cincuenta o –por ejemplo, a fines de los sesenta– a la presencia insoslayable del viaje a la luna.

Todos los perros van al cielo

era una nocheIndudablemente Snoopy (el perro, cuyo nombre muchos lectores tomaron y toman como título de la tira y que aparece por primera vez en la tercera entrega) es un ícono imborrable de varias generaciones, no solo a través de las historietas (que han sido traducidas a decenas de idiomas y se han publicado en miles de diarios), sino también de muñecos o remeras o tazas o cualquier otro objeto. Con el correr de las tiras se va humanizando (de cuadrúpedo a bípedo con pulgares oponibles), aunque ya en su primera aparición se muestra como “vendedor de huesos”. Sabemos que puede soñar con volar (en avión, no como un pájaro), sabemos que puede pensar y escribir, aunque jamás habla. Y sin embargo ha dejado también frases inolvidables, como la parodia literal (maravilloso plagio) del comienzo de la novela Paul Clifford de Bulwer-Lytton, “Era una noche oscura y tormentosa”, que con pequeños agregados finales permite comenzar la escritura de novelas románticas (“Era una noche oscura y tormentosa. De repente, un beso” o políticas (“Era una noche oscura y tormentosa. De repente, un voto”). En algunas tiras, la misma frase sin modificación alguna es utilizada como comienzo o como remate (tecleada siempre por Snoopy con su máquina de escribir en el techo de su cucha), y en este último caso, por ejemplo, el efecto humorístico funciona a la perfección porque los cuadritos previos preparan el camino para esa conclusión. (Recuerdo, en alguna compilación que leí de chico, que habían modificado la traducción y agregado, innecesaria aunque magistralmente, un chiste: “Era de noche y sin embargo llovía”).

Relectura-homenaje

Quino ha reconocido en más de una entrevista que en su momento le pidieron que Mafalda tuviera algo de Peanuts, así que compró el material que pudo conseguir y se dedicó a estudiarlo para ver qué es lo que hacía Schulz de novedoso, y lo reconoce como su maestro en el arte de crear tiras cómicas. Hay muchas situaciones de Mafalda (en la escuela, por ejemplo) que guardan una relación indisociable con las propuestas por Schulz. Pero hay una que marca la capacidad de lectura y de reinterpretación de Quino y cierto giro que define la grandeza y el espíritu de época de Mafalda. La tira original de Schulz a la que me refiero, de los años cincuenta, se encuentra en la página 12 de la presente recopilación.

ping

mafaldaLa versión de Quino se puede leer en la página 77 del primer volumen de la Biblioteca Clarín de la Historieta, dedicado a Mafalda. El punto de partida es el mismo: chicos y chicas juegan a los cowboys. En la de Schulz, los chicos gritan “bang bang” y de pronto la chica dice “ping”. La conclusión de los varones es que esos juegos no son para nenas. Mafalda, cuando en el juego Felipe le “dispara” (gritando la onomatopeya “bang”), exclama “¡La pucha!” antes de tirarse al piso y hacerse la muerta. Felipe la reta diciéndole que tiene que gritar “Aauugh”, como en las historietas de cowboys, y ella entonces tiene la última palabra (a diferencia de lo que pasaba en Schulz, donde la chica se quedaba callada): “¿Por qué no te vas un poco al cuerno con tus mujeres extranjerizantes, Felipe?”. Mafalda, pese a su modelo, será argentina y contestataria (o una contestataria argentina) para siempre. (Sobre el grado de “rebeldía” de Mafalda, Oscar Steimberg ha escrito críticamente en Leyendo historietas, 2013, p. 99, en un artículo en el que pone en relación Peanuts y Mafalda: “Mafalda atrapa a sus lectores con la ilusión de un ejercicio de lectura anticonformista, fundado en una ideología que reniega del establishment. Pero la agilidad  y la transparencia de sus juegos conceptuales se fundan en un repertorio de tipos humanos determinados por un elemental medio ambiente, en el que campean las caracterizaciones sociales del sentido común”).

Peanuts (literalmente “maníes”, pero también “insignificancias, minucias”) fue el título elegidos por el syndicate que publicó la tira y a Schulz no le gustaba nada, le parecía “indigno” de su humor. Pero ese título recuerda en parte las nugae (“cosas sin importancia, bagatelas, frivolidades”) con las que el poeta latino Catulo designa sus versos en el poema-dedicatoria de su libro. Como los carmina de Catulo, las tiras de Schulz van a perdurar por siglos, se les dé el nombre que se les dé. Y este encantador librito nuevo (con material clásico) es la prueba más cabal de eso.

 Hernán Martignone

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