Reseña de “Hellblazer: Tiempos difíciles”, de Brian Azzarello y Richard Corben – Norma Editorial

ht cárcelUna temporada en el infierno

Sin su diabólico “Perramus” pero no por eso privado de su (mal)humor “inglés” ni de sus mañas, John Constantine se enfrenta en la miniserie “Hard Times” (Tiempos difíciles, Norma Editorial) con algunos “demonios” o seres “demonizados”, los presos de una  cárcel de máxima seguridad. Escrita por Brian Azzarello (primer americano en atrevérsele a Constantine, autor de la magnífica 100 Balas con dibujos del argentino Eduardo Risso) y dibujada con maestría y hasta un poco de saludable soberbia por Richard Corben, la saga abarca los números 146 a 150 de Hellblazer. Podríamos decir que hay dos clases de historias que transcurren en cárceles. Unas corresponden al modelo Fuga de Alcatraz (o Shawshank’s Redemption) y las otras al de Hijos de la calle; unas tienen por protagonista al ingenio y las otras a la crudeza. Y esta historia puede leerse con muchísima autonomía respecto del resto de la serie, con mucha libertad.

Esta saga tiene todos los elementos de una “historia de cárcel” de las fuertes y el armado genial de las otras, con su escena de ducha (sin lucha), con sus bandas, sus jefes y sus “esclavos”, con su motín, con sus policías corruptos, con sus visitas conyugales, con sus diálogos filosos como púas, con sus actividades de patio, con sus favores, sus amistades, sus traiciones y, por supuesto, con sus cigarrillos. Para jugar ese juego difuminado entre el realismo más duro y puro y la caricatura (entendida acá como sátira y en cierto modo también como “parodia”), nadie mejor que Corben, que jamás vende humo. 

El arte secuencial y la magia

ht cigarrillosLos cigarrillos son, sin duda, el motor que impulsa la trama. Las posibilidades narrativas del tabaco son inmensas (recordemos las películas Quitters Inc. y Prohibido no fumar) y en Hellblazer ya han sido aprovechadas anteriormente, como en la saga “Malos  hábitos”, escrita por Garth Ennis. Y no por nada Mark Millar (en su paso por Swamp Thing) lo mandaba a buscar unos fósforos que al encenderlos permitían hacer realidad los deseos. En el ámbito de la cárcel los cigarrillos tienen una doble función: por un lado, se los busca (y se los cotiza) con desesperación, son un fin y al mismo tiempo un comienzo y un medio; por el otro, son el sustento de la magia que Constantine despliega en la historia.

La sutileza en la construcción de la historia tiene mucho que ver con lo sutil de la magia de John. Brian Azzarello, como los buenos magos, nos muestra los elementos del truco pero nunca lo explica. Vemos un par de marcas en la pared, vemos una foto, vemos una extraña mano de póker, vemos unos cigarrillos consumidos en un estante, y después unos episodios increíbles. La magia, por definición, no debe explicarse. Lo importante es la originalidad del truco y de los elementos puestos en juego. Azzarello, como John Constantine, es un buen mago. Y Corben, por supuesto, sabe exactamente qué mostrar y qué no mostrar también, con su manera única de conferir volumen a los dibujos (es decir, a los personajes), y retrata con su oscura magia el mundo marginal de la prisión.

ht cigEn el centro de la saga vemos a Constantine armando rompecabezas con suma destreza (ya había ganado su reputación con un juego también delicado pero además peligroso, el poker; el rompecabezas, en cambio, es una metáfora de la soledad o, mejor dicho, de la individualidad y la autosuperación). El puzzle marca la forma en que está construida la historia (no por nada, al  final del capítulo dos, es Constantine quien coloca la última pieza del rompecabezas del “jefe”) y también la forma de lo que se desea. Cuando en la penúltima parte J.C. se encuentra encerrado en una celda de castigo (por un crimen que no cometió, como tampoco cometió el crimen por el que entró a prisión en primera instancia), el rompecabezas que subrepticiamente fue construyendo en la cárcel se desarma y cobra su verdadera forma alrededor de él, como si en un puzzle hubiera una pieza madre que rigiera a las demás. (Advirtamos también que el destino de Constantine es salir de la cárcel porque, como dice Pablo De Santis, “un rompecabezas nunca está completo a menos que falte una pieza”).

Humano, demasiado humano

ht penaLa historia comienza con el relato de  un “cobarde” (que representa el interior) y termina con el de un “valiente” (representante del exterior). Sin embargo, nada hay tan alejado de una visión blanco-negro como la vida de John Constantine. Aunque a lo largo de su estadía en la cárcel se maneja con bastante desparpajo, hay que decir que (re)conoce, allí, lo que es el miedo, y Corben (nos) lo pinta como nadie. Constantine es vulnerable y se da cuenta de eso. Su grandeza (su majestuosidad) consiste en disimularlo cuanto puede. Nosotros podemos intuir o adivinar que su magia no es omnipotente; él es consciente de ello y por eso explota todos los otros recursos de los que un hombre debe disponer. Al menos dos veces en esta saga su vida le puede ser quitada y él se ve indefenso ante tal hecho. Ese es, sin duda, el destino de Constantine: andar por el mundo de los mortales pero creer (o saber) que de algún hb 1modo él es mejor que todos ellos y al mismo tiempo igual a todos ellos y obviamente peor que todos ellos. Y ya que mencionamos a Millar antes, digamos que también le hace decir a Constantine, en aquella historia de Swamp Thing (“The Judas Tree”): “Escalé posiciones y aprendí algunos buenos trucos, pero al final fui lo suficientemente humano como para saber dónde parar”.

Esa fatalidad, esa curiosa forma del fracaso, se resume en la propuesta que le hace el agente del FBI que llega a poner orden en sus “dominios”: o reina en el infierno o sirve en el paraíso. J. C. se pone su gabardina, dice unas palabras de despedida y sale a la luz. Vaya uno a saber qué significan para él “infierno” y “paraíso”.

Hernán Martignone

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