Reseña de “Maus”, novela gráfica de Art Spiegelman (invitado a Comicópolis 2015)

spiegelman comicópolis 2015Precursora del espíritu oscuro que en 1986 invadió al cómic de superhéroes y que le dio lugar a su adultez con las recordadas Watchmen y The Dark Knight Returns, y editada como libro en ese preciso año, Maus de Art Spiegelman es la compleja y simple historia de Vladek, padre de Art, quien logró salir vivo del campo de concentración tristemente  célebre de Auschwitz. A partir de los relatos que hace a su hijo, se genera una obra doblemente autobiográfica, en la línea negra (y blanca) de las historias que invadían el cómic under norteamericano. Escuchemos la voz de quien pudo volver del infierno, de quien pudo

Sobrevivir para contarla

maus tapaAullando en el camino

La historia de Vladek, el sobreviviente, se inserta en el marco de la Generación beatnik, los derrotados. No es casual que el sufijo despectivo –nik provenga del yiddish, la lengua de los judíos, del propio Vladek: en esa generación que recorrió amargamente los finales de la década de los cuarenta y los años cincuenta se enmarca también la tétrica existencia de los sobrevivientes de los campos. El aullido del que habla Ginsberg es el mismo aullido que le oímos a Vladek por las noches y el que muchos prisioneros no podían contener en las terribles barracas que habitaban antes de ir hacia los hornos. Esta generación que no encontraba salidas pero sí muchas entradas al dolor tuvo que salir al camino para hacer de la experiencia una vida posible, una  escritura posible. La diferencia entre ellos y un hombre como Vladek se presenta clara, evidente: a este, la vida (la muerte) se le puso en el camino; la experiencia fue una imposición de la Historia y la historia que le quedó por contar (que no le quedó otra que contar) venía escrita de antemano y era, sin matices, una historia de terror, la historia del terror.

Doble  vida

mausComo autobiografía, digamos que Maus resulta a simple vista rara: es la autobiografía de Vladek porque él le cuenta lo que ha vivido a su hijo, quien va tomando notas y grabando esas charlas; pero también es un intento de Art por encontrarle sentido a su propia vida y a su vez la biografía que él hace sobre su padre. El libro arranca con lo que en apariencia va a ser el relato de vida de Art, con un episodio –a modo de prólogo– de su infancia, pero en medio del relato irrumpe la figura del padre para corregir las apreciaciones del hijo con respecto a lo que es una verdadera amistad y hace su aparición fantasmal la historia de la supervivencia de Vladek. En esa tensa relación, y a partir de ese primer desplazamiento, la voz de Vladek tiende a imponerse como la voz de la autoridad (la voz autoritaria) que borra sutilmente o parece borrar pesadamente esa otra poderosa voz, la del autor. Cuando en el capítulo primero Art le pide a su padre que le cuente sobre Polonia y la guerra, Vladek le responde que nadie quiere oír esas historias. Y pese a sus palabras cede, como una Sherezade que no debe ya sobrevivir, sino que busca retener al hijo a su lado después de haber tenido con él una relación difícil durante casi toda su vida. 

Animal Farm

mausLo que nos llega sin embargo a nosotros, lectores privilegiados, es sin lugar a dudas la versión de Art, que en algún que otro pasaje se muestra duro e inflexible con su padre, tratando de que le dé fechas exactas y de que cuente el relato cronológicamente, para no perder nada pero también como forma de imponerle una forma, valga la redundancia, al material recibido (el orden es una obsesión paterna, su otra herencia). Es su decisión también la de representar a los personajes como animales (los judíos como ratones, los alemanes como gatos, un juego perverso), en la ardua tradición de los fabulistas y de los funny animals de los comics. Y si bien las entrevistas fueron reales (las grabaciones existen), no podemos saber cuánto o qué parte de lo que cuenta Art verdaderamente fue vivido por Vladek (ni, claro, cuánto de lo que cuenta Vladek fue verdaderamente así). Nos engaña, a primera vista, el lenguaje utilizado por el autor, que busca reproducir en el relato de su padre el inglés de un hablante no nativo (y habría que detenerse con detalle en las traducciones de César Aira y de Roberto Rodríguez para ver este fenómeno). Pero hay un momento crucial, que brilla en el primer libro como una señal para el que quiera verla, que nos hace dudar de todo lo narrado porque evidencia la mezcla de ficción y realidad, el trabajo artístico de Art. En el capítulo tres, Vladek se acerca, vestido de soldado, a su hijito Richieu, y este se aparta llorando y gritando a causa de los fríos botones de metal del uniforme de su padre. Y Vladek comenta: “No necesito decirte qué grande fue la alegría en nuestra casa”. Esta escena es casi un calco del famoso encuentro narrado en el Canto VI de Ilíada, cuando Héctor se encuentra con su hijo Astianacte (que morirá también en la guerra, como Richieu) y su mujer en las puertas Esceas: “Héctor se estiró hacia su hijo, y el niño retrocedió con un grito, asustado del aspecto de su padre. Lo intimidaron el bronce y el penacho, al verlo oscilar terriblemente desde la cima del casco. Y se echó a reír su padre, y también su augusta madre”. Este episodio, para mí claramente extraído de la épica de Troya (la historia de guerra por antonomasia), reelaborado e interpolado sencilla y magistralmente por Art, pone en primer plano y en cuestión el estatus de verdad de todo relato autobiográfico y la necesidad o la pertinencia de utilizar la ficción para representar lo que es difícil (o imposible) representar. Ese mismo tema de debate está presente en la obra genial del gran novelista, del gran sobreviviente del exterminio nazi Jorge Semprún, que en su imprescindible La escritura o la vida se plantea esa suerte de pregunta retórica cuya respuesta aún aguardamos, inútilmente. Y esto es central ya que Art nos muestra que él cuenta todo, o al menos todo lo importante, cuando pone en el papel episodios que su padre explícitamente le pide que no revele, que solo a él le cuenta (y no, por ejemplo, a un psicólogo) porque  no quiere que “un extraño se meta en nuestras historias privadas”.

El diario de Anja Frank

Dos fantasmas autobiográficos de idéntica importancia recorren además la obra de Spiegelman: por un lado Richieu, el primer hijo de Vladek y Anja, muerto siendo un niño durante la guerra, que es el espejo en el que Art no puede dejar de mirarse porque su padre le ha hecho sentir que nunca estaría a su altura; por otro la propia Anja, a quien Vladek no logra evitar comparar ni por un momento con su actual esposa Mala y que escribió unos diarios, sobre su experiencia en los años de la guerra y los campos, que Vladek destruyó porque le causaban mucho dolor. Esos diarios son una obsesión constante de Art, que guarda siempre la esperanza de que no se hayan perdido por completo. Esa escritura femenina, piensa, le aportaría lo que le está faltando, el punto de vista complementario, ideal, para su libro. Nunca sabremos qué decían esos diarios, escritos por una mujer de la que su marido afirmaba: “Casi nadie podía escribir en polaco como ella”. Y, después de todo, no habrían dejado de ser otra visión que habría requerido además de una traducción, de una nueva intervención de Vladek o de un traductor, es decir, de un intérprete, de un inventor.

La memoria de Hitler

maus22Segundas partes siempre fueron buenas, bromeaba Borges con Sábato en relación con las perfectas y necesarias continuaciones de obras como Fausto, Martín Fierro y Don Quijote. El segundo libro de Maus es también necesario, también perfecto. Y, también, autorreferencial, como lo es sobre todo el clásico español. El éxito de la primera parte, el reconocimiento, hacen que la atención del autor se desvíe un poco de su padre y se vuelva hacia sí mismo, hacia su labor. Después de concluir la obra, Spiegelman aseguró que no quería saber cómo sería Maus III y se dedicó a otros proyectos. Pero en una especie de coda borgeana podríamos imaginar su intento, a la manera de Pierre Menard, de reconstruir los diarios perecidos de su madre suicidada. O, siguiendo su idea de que Hitler colaboró en la creación de Maus (y, por tanto, debía compartir con él el premio Pulitzer que le otorgaron), podríamos soñar con un Art Spiegelman que en una tarde de sus largos domingos vacíos, en su tedio americano, en su soledad, recibe como don o como pesadilla la memoria de Hitler, para contar de nuevo, desde el mal mismo, su historia.

Art Spiegelman será el invitado estelar del festival de historieta Comicópolis, que tendrá lugar en Tecnópolis entre el 17 y el 20 de  septiembre de 2015.

En las librerías se consigue en un volumen único la obra completa, de edición española, y también en dos tomos publicados por Emecé y traducidos por el novelista César Aira.

Hernán Martignone

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