Reseña de “¡Eso, pescuezo!”, de Alberto Montt – Ediciones de la Flor

montt-pescuezoEdiciones de la Flor viene publicando en la Argentina, con notable calidad, la obra de Alberto Montt (¿Quién es Montt?, ¡Mecachendié!, Rompe, paga, Sí, pero no). En ¡Eso, pescuezo! (2015, 128 páginas, color), el humorista gráfico ecuatoriano-chileno se mantiene fiel a su estilo de narices largas, de hermosos trazos gruesos en la línea y de ese humor inteligente (ese humor de lo inesperado) que lo caracteriza. Es cierto que se vuelve difícil hacer humor gráfico original dentro de ciertas temáticas muy frecuentadas (el náufrago en la isla desierta, digamos) y también con temas de actualidad (quienes recuerden el atentado contra la revista Charlie Hebdo habrán visto una sucesión de homenajes que se repetían sin constituir necesariamente plagios; y lo mismo con la muerte por ahogo del niño sirio Aylan Kurdi). Pero Montt parece haber encontrado una fórmula de lo irrepetible (si es tolerable la paradoja), una forma personal de combinar palabra y dibujo para escaparle al cliché y al automatismo de las ideas. Un poco a la manera de los surrealistas, pero sin el “grafismo automático”, el chileno tiene en su horizonte, como un grial, un cruce (incluso un choque) en el que la meta parece ser algo “bello (y gracioso) como el encuentro fortuito, en una mesa de disección, de una máquina de coser y de un paraguas”, según la propuesta del conde uruguayo de Lautréamont.

botella

El juego de palabras, uno de sus caballitos de batalla, es siempre impredecible y siempre logrado: “Los hombres son de Marte. Las mujeres son de Venus. Las intoxicaciones son de mercurio” o “Esta no es una misión suicida, es una misión tratando de llamar la atención”, donde la parte gráfica aparece hasta cierto punto relegada, aunque nunca descuidada. Pero en “El pato dona” o “El genio de la botella” las palabras complementan su significado o su ambigüedad con el dibujo detallado y expresivo (con la paleta de colores inconfundibles de elefanteMontt), para hacernos alcanzar la risa de inmediato. Y otro de los recursos de los que se sirve el autor para escaparle a la idea “que está en el aire” es la referencia no obvia: le pide al lector (sin pedírselo abiertamente) una complicidad que requiere de cierta cultura general (y popular) pero no de erudición, como en las menciones de Khalil Gibrán, de Issei Sagawa, de Steve Irwin o de la mujer de Lot y en las alusiones a Star Wars, King Kong o El Señor de los Anillos. Y con humorística vena tampoco agota no modestas variaciones sobre el célebre microcuento de Augusto Monterroso “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, que ya es parte del acervo verbal y narrativo de la humanidad (o al menos de la humanidad latinoamericana). 

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Además de estos chistes en  los que el humor en estado puro (el humor por el humor) es protagonista, que son sin duda universales como casi todos los suyos, hay bastantes en los que el autor baja línea o editorializa: “De los creadores de ‘Si no estás conmigo estás en mi contra’, nos llega… ‘Eres un tibio pacifista’. No te la pierdas”. O este otro: “Algunas personas fueron golpeadas cuando eran niños. Y cuando crecen aprenden karate para golpear a otros más débiles. Algunos países son iguales”. O incluso: “Las malas lenguas… dan malos besos”.

También atraviesa algunos lugares comunes en los que recurre a las generalizaciones para hacer humor contra los políticos, contra los abogados, contra los periodistas deportivos, pero siempre tratando de encontrarles una vuelta de tuerca que los aleje del chiste fácil. Es aquí, tal vez, donde más se acerca al “sentido común”, y entonces la bajada de línea puede perder cierta efectividad. Sucede, un poco, eso que señalaba Oscar Steimberg (Leyendo historietas, 2013, p. 98) respecto de la gran tira de Quino (y que se ve también en otros humoristas): “Diestra narración gráfica; vehículo de una corriente de opinión compartida por un público amplio; portadora de un lenguaje verbal agradablemente culturizante, Mafalda atrapa a sus lectores con la ilusión de un ejercicio de lectura anticonformista, dios-diablofundado en una ideología que reniega del establishment”. El genial Quino siempre es un genio, pero es cierto que en esos chistes es menos Quino y más “lavado”… En su esfuerzo general por quedar mal con Dios y con el Diablo (dos personajes recurrentes en sus chistes), Montt ataca a los que cometen faltas de ortografía (pero también a quienes los corrigen) o se mete con minorías como los hipsters… De todos modos, estemos más o menos de acuerdo con el “mensaje” en cada caso, la chispa humorística que regala el autor siempre nos conquista.

¡Eso, pescuezo! tiene, como casi todos los libros de Montt, un nivel de humor muy parejo, de muy bueno para arriba, y una identidad inconfundible que cosecha cada vez más lectores y de a poco va generando incluso epígonos (como puede serlo, en parte y en nuestro país, Szoka).

Hernán Martignone

A Majo Lonardi, que hace unos diez años me habló de Montt

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Una respuesta a Reseña de “¡Eso, pescuezo!”, de Alberto Montt – Ediciones de la Flor

  1. Lo queremos a Montt por su amor al humor, sus referencias universales y por sus dibujos hermosos…pero por sobre todo por esos juegos de palabras que nos dan material para las clases de Español.
    Gracias Hernán por haberle hecho honor.
    Hoy hay hojarasca de haches (?)

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