Reseña de «Animal Man», de Grant Morrison, Chas Truog y Doug Hazlewood (Ovni Press)

Cuando las especies se encuentran

 Calumniari si quis autem voluerit,

quod ferae loquantur, non tantum arbores…

Desde 2021 puede disfrutarse completo el clásico de clásicos Animal Man en edición argentina (Ovni Press, DC Black Label, 3 volúmenes), con la traducción fluida, consistente y cuidadosa de Martín Casanova. Se trata de un monumentum al género superheroico que el escocés Grant Morrison (Doom Patrol, All Star Superman) construyó desde el guion, junto a Chas Truog y Doug Hazlewood en dibujos (y Tatjana Wood en color), con las espectaculares e inolvidables tapas de Brian Bolland (Batman: The Killing Joke).

Idealmente habría que leer Animal Man después de la saga Crisis en Tierras Infinitas y en relación con el Swamp Thing y el Watchmen de Alan Moore (publicadas todas ellas también por Ovni Press). Es, por un lado, una respuesta nostálgica, aunque vivaz e inmediata, al universo unificado (o simplificado o cercenado) de la post-Crisis; por otro, una visión que contrasta con el enfoque más oscuro, maduro o “realista” de Moore y que Morrison plasmará años más tarde en su ensayo Supergods: Our World in the Age of the Superhero. Frente al mundo eminentemente botánico de los pantanos y del ecológico Verde y del Parlamento de los Árboles de Swamp Thing, Morrison eligió para su ingreso en DC Comics el reino “zoológico” de Animal Man (aunque él insista en que el recuerdo del personaje le surgió como por “generación espontánea”). Y así habló, a fines de los años ochenta, de vegetarianismo y de derechos de los animales (y dio visibilidad a los animalarios, a la caza de delfines y a otros flagelos), y exploró los límites y los alcances del arquetipo del superhéroe en su propia lección de anatomía, demostrando que la madurez no implica solo «seriedad», según se la suele entender, sino también imaginación y cierto toque de ingenuidad.

Ya en la primera página se plantea un mundo pedestre de sufrimiento y de dolor, que por medio de una mágica transición nos hace entrar de lleno en la colorida y elevada realidad superheroica de un modo notable. Buddy Baker (sin su traje de Animal Man, lo que ubica la acción en la cotidianeidad) está trepado a un árbol para recobrar el gatito (felino de compañía) de una vecina; la rama se quiebra y Buddy se ve en problemas, pero absorbe la capacidad del gato de caer siempre parado: así entendemos el funcionamiento de los poderes del héroe y, a la vez, lo que es reinterpretar una escena esencial del género.

De ahí en más, el equipo creativo se encargará de ir narrando una aventura que juega con las reglas genéricas, siguiendo (y pisando en) las huellas de la tradición para evolucionar. Un total de 26 comic books y un Orígenes secretos (nro. 39), en dos años exactos (septiembre de 1988 a agosto de 1990), les alcanzaron para hacer crecer los cuatro números iniciales (pensados como una miniserie) y plantear una suerte de mapeo del genoma (super)humano, de personajes secundarios, aparentemente olvidables u olvidados que volverán a cobrar vida (y cierta conciencia) en la ficción, aunque imbricados con un discurso militante. B’wana Beast, Dolphin, Time Commander, Mirror Master y muchos más tendrán sus viñetas de fama y formarán parte del misterioso rompecabezas que comienza a armarse (ya desde el glorioso capítulo 5 “El evangelio del Coyote”) con la vida de Buddy y su familia, entre viajes en el tiempo y visitas de la Liga de la Justicia.

Incluso cuando Animal Man forma parte de la saga Invasión, por ejemplo, Morrison y compañía se las arreglan para contar y mostrar historias de suma originalidad. Ya como un aporte al género superheroico o a la figura del supervillano («La muerte de Máscara Roja»), ya como desarrollo de la trama central (incluso con un Hawkman dedicado al arte, quizás una respuesta a Swamp Thing #58 de Moore), bordean –cuando no tocan directamente– lo psicodélico, registro que Morrison explotará en obras como The Invisibles o Doom Patrol (esta última también editada en Ovni Press), aunque sin dejar de lado la preocupación por el mundo animal. El último volumen es una cátedra festiva de narración gráfica (el dibujo de Truog y Hazlewood, criticado en más de una oportunidad, cumple sin embargo siempre con creces al momento de representar las propuestas más osadas del guion y de transmitir las más variadas sensaciones), con ideas que siguen explotando como bombas en la cabeza y que mezclan la ficción (en diversos planos) con la realidad, o las realidades múltiples, de manera novedosa y profunda.

La experiencia de leer Animal Man es –más de treinta años después de su publicación original– fresca, transformante, reflexiva, emotiva. Y nos lleva a recorrer con nuevos ojos el salvaje pero también luminoso camino del superhéroe, para mostrarnos la posibilidad de crear relatos no fosilizados que construyan a la vez otros relatos posibles.

Para adquirir Animal Man completa por Ovni Press, clic aquí.

Hernán Martignone

… fictis iocari nos meminerit fabulis.

Libri Fabularum Phaedri Prologus

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